TRADICIONES CRISTIANAS

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Lo bueno de las tradiciones es que nunca lo son. Cada uno las modifica o las ensalza como le da la gana. La San Silvestre, por ejemplo. Hartón de correr y encima disfrazado de papanatas (o de cualquier sucedáneo, que hay mucho susceptible por aquí y te meten una carta al director o te eliminan de su red en un santiamén). Hay que quemar calorías y ser saludable antes del atracón de fin de año. Pues vale. Es ya una tradición, me parece perfecto. Pero una tradición para que sea de las buenas tiene que haber salido en el No-Do previamente. Ahora tenemos tradiciones sin solera. De las que chirrían, como celebrar la Nochevieja a mediodía veinte semanas antes. Y eso no. Que es muy divertido, hasta que te dice el médico que ese día no te pasa consulta porque se va a celebrarla y se te queda cara de nutria.

Si tiramos del hilo de cada tradición, acabamos en la puerta de una empresa que quiere endilgarnos algo para que apoquinemos con una puntualidad británica. Sí o sí. ¿La San Silvestre no?, me diréis. Busquemos los patrocinadores. En un altísimo tanto por ciento habrá marcas de refrescos, de aguas milagrosas, de bebidas energéticas, de ropa deportiva y un largo etcétera.

© tripadvisor

La tradición del primero de año hasta hace bien poco en mi casa era el Concierto de Año Nuevo, los valses y las marchas de los Strauss. Y luego los saltos de esquí desde un sitio blanquísimo que trasmitía un mensaje bastante claro: hoy no me levanto del sofá así me lo diagnostique un médico, con tanto frío que hace en Saas Fee, en Zermatt o en Schladming. Hasta la hora de comer. Luego el café y los pasteles en casa de algún Manuel, que era el santo de muchos Manuel ese día (felicidades con retraso a todos ellos). Y poco más. A las diez a dormir, que estaba uno reventado. Costaba dormirse incluso del cansancio acumulado que llevábamos. Recordábamos las nieves de los Alpes y pensábamos lo requetebién que se está en la cama y así caíamos rendidos.

Como tradición, en casa la hemos ido modificando. Por no haber, ya no hay ni un Manuel para celebrar nada. Ahora tenemos otra. Durará poco o mucho, quién sabe los designios a los que habré de enfrentarme en unos años, pero hemos establecido y afianzado la de irnos a Elvas, a “El Cristo”, a borrar las penas del año que se esfumó entre las bonanzas de un vino verde, unas almejas, algún buey de mar y otros caprichos.

Es una tradición estúpida, vale, pero te hace ver con optimismo lo que ha de venir. Sí es algo cara la tradición, estoy de acuerdo. Pero algunos de vosotros os gastasteis doscientos pavos para correr la San Silvestre y yo no os he dicho nada.

Os admito, como mucho, que me digáis papanatas y quedamos en paz. Ahora bien, cómo os vea dentro de 364 días en “El Cristo” os voy a crujir a todos.

TRADICIONES CRISTIANAS 001RUA

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