POLÍTICA CON TACONAZOS

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© LA VANGUARDIA

Ya sabemos que usted es bajita, no se preocupe. Lo sabemos y no nos importa. A los hombres no nos molestan las bajitas. Las altas sí, porque nos dan miedo y nos asustan, imprimen respeto. Es intuitivo y casi cavernario, pero es así. Aunque luego vemos las fracturas del tiempo en Daryl Hannah y en Salma Hayek y nos reconforta un poco esa sensación de que a lo mejor no es del todo fortuito. Las bajitas a simple vista suelen ser encantadoras, así que no hace falta que se pongan taconazos para hacer política. No por estar más alta y estar más cerca del micrófono la íbamos a escuchar mejor o nos iba a calar más su discurso.

Su problema el lunes pasado fue que usted no hablaba por sí misma, sino por boca de otros. Y era la única mujer entre los candidatos. Dio toda la noche la sensación de que hablaba por otros. Una mujer rodeada de hombres y hablando por boca de hombres. Y con taconazos. Es muy difícil hacer política con taconazos, dijo usted. Yo me atrevería a aseverar que hacer cualquier cosa con taconazos debe de ser incomodísima, incluso las más íntimas. Así pues no se extrañe que muchos imagináramos a Mariano en su coto privado de caza, al resguardo de escopetas o flashes, como esas madres que salen en los programas de jóvenes talentos y repiten las respuestas de sus niñas hasta con las mismas pausas, tantas veces ensayadas delante del espejo con los lacrimales a punto de estallarles como un big bang.

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Esperaba mucho más de usted como mujer y como política. Al menos eso se lo reconozco: que cuando habla no es para soltar mamarrachadas como Aguirre o laberintos sintácticos como Cospedal. Eso se lo admito: que siempre da la sensación de que tiene algo que decir. Algo de verdad, importante. Por ello me sorprende más que se haya dejado ningunear de esa manera por su partido. Estuvo expuesta y encorsetada durante todo el debate. Se dedicó a abrazarse a las siglas y no a dar respuestas. Como Pedro Sánchez. Solo que de él lo presuponemos. Está ahí por ser alto y guapo, con una sonrisa de vértigo arrebatador y no por otra cosa. Un recolector de votos por la cara, como suelen ser los líderes socialistas (sí, lo he dicho para arrancarle una sonrisa, de nada).

Podría haber sido su noche. Podría haber presentado su candidatura. Podría haber convencido a los díscolos de su partido que tintarán de naranja las urnas porque están hasta los guindos de los pescozones de Mariano. Porque usted le da cien patadas a los que la rodean. Pero vertió toda su fe en el pinganillo y éste le ha jugado una mala pasada.

¿Podríamos decir que su partido se la ha jugado? Eso solo puede contestárselo usted en la intimidad. Pero para ese momento le aconsejo que desconecte el pinganillo. Lo mismo algún día tenemos que agradecérselo todos.

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