PROFESORES

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Ahí estaba yo, preparándome para un posible discurso, buscando las palabras más precisas, el sintagma certero, pero nada. No era capaz. Después de no sé cuántos eventos en las redes sociales, de docenas de tweets personalizados, de tantas y tantas cosas modernas, aparecieron todos mis viejos maestros a la llamada, gracias a las virtudes del email.

En el libro que presentaba, del que tan bien habló y habla otro maestro mío, Antonio Chacón (espero que les suene) hay un poema que se refiere a los profesores. Está dedicado a Raúl Quinto y a José María Cumbreño por su labor en lo que se llamó la marea verde, en respuesta a las doctrinas que impuso el cobarde Wert, que la lió parda y ahora se esconde en París. Imagino que asomado a una ventanilla y mirando por ella las vicisitudes de sus doctrinas, que casi nadie se atreve a obedecer, imaginen ustedes cómo serán.

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A la llamada de mi email se presentaron mis viejos profesores. Aquellos que me iniciaron cuando era un universitario que no sabía muy bien quién era Tito Livio o qué cosas se escondían tras las lecturas de Steinbeck o Catulo. Ellos me enseñaron mundos nuevos, regiones nuevas, universos nuevos. Me modelaron. Me convirtieron en otra persona, en alguien muy distinto. No era el mismo el que entró y salió de aquella universidad. Tuve profesores cuya nómina haría sonrojar a muchos Premios Planeta, por su dimensión. No es por vacilar, es la verdad. Así de sincera y sencilla. Tuve ese privilegio por unas cuantas monedas.

A Eloy Sánchez Rosillo, a Ana Luisa Baquero, a José María Pozuelo Yvancos, a Francisco Javier Díez de Revenga tengo que sumar a alguien que para mí fue imprescindible, aunque corto fue nuestro encuentro. No sé si les hablé de él antes. Si es así, les pido disculpas por reiterarme. Se trata de Néstor Perona. Del Néstor Perona de Pérez Reverte. Es decir, de José Perona, Maestro de Gramática, como gustaba que lo llamaran. Alguien tan peculiar que el cartagenero universal lo hizo personaje de ficción. Uno de los mejores profesores que he tenido.

Una tarde me desperté de una siesta y me enteré a 800 kilómetros de mi casa que se había muerto. Me lo confirmaron las noticias en Internet. Y fue como si me sajaran una parte de mi pasado, de lo que yo era. Porque lo que yo soy, por si no lo saben, es un producto de aquellos profesores que fueron pululando por mi vida. De Chema Espejo, de José María Carrasco, de Julián Garro y de tantos otros.

Nada soy sin ellos. Ustedes no son nada sin sus profesores, por mucho que hayamos renegado de ellos. Por mucho que hoy haya Ministerios que quieran acabar con ellos.

Les debemos mucho. Y se lo agradecemos tan poco. Y así nos va, tan desagradecidos, pues pensamos que todos los tesoros nos pertenecen.

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