CLINTON, BUSH Y MI ABUELO

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Le doy la mano a mi abuelo. Es más angosta cada vez que voy a verlo, la reconozco menos. No es, sin duda alguna, aquella mano que me daba friegas por las noches para que consiguiera respirar algo mejor y no roncara tanto. Ni aquellas que barnizaban espadas de madera para que pudiera disfrazarme en carnavales. Son otras, me agarran con más fuerza. Ninguno de los dos queremos soltarnos. Me voy dentro de unas horas, con esa amarga sensación de que será la última vez que tengamos la oportunidad de darnos la mano.

Detrás de él, encima de la mesa de coser de mi madre, hay un semanal. En su interior puede verse también a dos personas dándose la mano. “Llévatela”, me dice mi hermano. “Mira las fotos de esos dos”, añade, “seguro que te inspiran un artículo”. Son Clinton y Bush, encantadísimos de haberse conocido y sucedido, viendo cómo de nuevo están llamados a ser principales. También ellos se aprietan la mano, pero cuán diferente parece ese gesto obsceno y frío al nuestro.

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Mi abuelo luchó en una guerra para que sus hijos no acabaran en una fosa o pasaran hambre, para que sus nietos pudieran ir a la Universidad, para que sus bisnietos tuvieran una oportunidad. Se da cuenta de que todo aquello no sirvió para nada, que queda en un chiste. Como los 300 euros que Monago prometió a las extremeñas que sobrevivieron a la misma guerra en la que participó mi abuelo. Lo veo llorar por las cosas más pequeñas, él que casi nunca lo hacía. Sabe que su herencia será exigua en bienes materiales (de inmateriales va sobrado, háganme caso). Sabe que ha fracasado, que no mejorará el mundo tras su marcha, que esto es así y le duele, como le ha dolido siempre.

Estos dos políticos dominaron el mundo en su día. O al menos eso nos hicieron creer. No dejaron como legado un lugar mejor, todo lo contrario. Fracasaron, como mi abuelo. Fracasaron incluso más, estrepitosamente. Porque ellos tuvieron todos los medios a su alcance y prefirieron reírse del mundo. Pero no sólo del mundo, también de los que los votaron, de sus propios conciudadanos, de la gente que fue a la escuela con ellos, que vivió en las mismas calles que ellos. Solo sirvieron a aquellos que invirtieron para que alcanzaran ese magnánimo don de gobernar el mundo.

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Ellos se ríen. Del mundo. Son felices extinguiéndonos lentamente a cambio de que los Darth Vader de turno forjen su imperio inmaculado. Mi abuelo llora porque ellos se ríen. Hace demasiado luchó contra ellos y ahora se da cuenta de que ni los despeinó.

Mientras tanto, en el mundo real, nuestra vicepresidenta baila en la tele y se ríe. Precampaña lo llaman en vez de desvergüenza. Y les pregunto: ¿se ríe de nosotros, como los clanes Clinton y Bush?

No me respondan a mí. Díganselo al oído a las urnas el próximo 20D.

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