UNA SEÑORA EN UNA VALLA

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Si se fijan en la foto, el motivo es lo de menos, pasa a un segundo plano. Es la ley de la mirada, que se llama en fotografía. Funciona muy bien y, como puede verse, en esta también. Incluso cuando hablamos de una multitud como sujeto fotográfico. Hay más cosas, claro, que hacen que la foto atraiga. Cosas básicas, como la repetición equilibrada, muy importante también. O la regla de los tercios, sobre la que no voy a extenderme porque para eso está Wikipedia.

Pero el autor hace que nos volquemos hacia la que pasa desapercibida, porque no repite lo de los demás. En la foto hay una valla y todo el mundo está feliz. Imaginaremos que habrá un icono de la sociedad por ahí pululando, o un acontecimiento significativo o conmemorativo. Algo festivo, pudiera ser también. La señora mayor de la que tanto se habla en la red hoy es la pura felicidad, sobresale de los demás acompañantes generosamente. No está con la boca abierta, como muchos otros. No tiene nada entre las manos, apoyadas en la valla como quien apoya toda una vida. Solo mira. No como los demás. Ella mira. Contempla. Se deja llevar por el momento. Los demás, atrapados en esa vorágine de la tecnología que nos ha enseñado que un minuto de gloria en el móvil puede aportarnos un puñado de dólares, están como enjambre dislocado, con sus soportes digitales, intentando captar un momento. El mismo que la señora. Ellos se olvidan de captarlo en la memoria, porque hace tiempo que muchos se esfuerzan por arrancarnos no sólo la memoria, sino la capacidad de tenerla, la necesidad de poseerla. Enclaustramos las memorias en un soporte que tiene una batería y una tarjeta, las subimos a las redes, flipamos con la envidia sana o insana del resto y las almacenamos en otro soporte más grande hasta que a este le entra un virus y mueren, como todo lo inventado en esta vida muere.

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Dicen los expertos que este fenómeno no nos afecta, que el cerebro se recicla y usa ese espacio para otros menesteres, igual de importantes. Pero imagino que a la memoria sí ha de afectarle. En cuanto a la felicidad que provoca ese momento de reconocimiento. Es decir, si perdemos ese instante feliz de escuchar a Mahler y reconocerlo, de alguna manera habremos de ser distintos. Por muchos que alguno tenga tabardillos de felicidad cuando tienen una excusa para usar Shazam. O ponernos delante de ese cuadro tantas veces admirado y deseado por primera vez. Pasar de soslayo delante de la Gioconda y dispararle a quemarropa con la tablet no es lo mismo, por mucho que se empeñen los expertos.

Así pasamos últimamente por el mundo. Hacemos la foto y nos vamos. Pocos son los que se quedan, como la señora, apoyados en la valla a contemplar lo que pasa. Luego lo explica. O se lo guarda, como un dulce tesoro.

UNA SEÑORA EN UNA VALLA 001rua

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