¡GRACIAS, ESPERANZA!

24-mayo-2009blog

Me encontraba en el centro de Madrid. Por el Madrid de los Austria, aunque no fuera en ese momento – ni lo he sido después, ni ya lo seré nunca – capaz de reconocer calle o recoveco alguno de la ciudad. Me encontraba allí, no me cabe la menor duda, influido por la novela de un célebre madrileño en la que estaba inmerso.

Ahí estaba yo, en una plaza, al lado de un quiosco, con los brazos alzados en plan Mazinger Z cuando lanzaba su prodigioso rayo foto-atómico desde su metálico pecho, gritando con toda mi energía “¡Gracias, Esperanza!”. Porque en mi sueño, donde sucedió todo lo que les cuento, yo le echaba toda la culpa de esa ciudad rancia de finales de los 90 a ella. Ahora Madrid – discúlpenme este sintagma – era una ciudad del siglo XXI en mi sueño. Habían desaparecido aquellos que la habían convertido en una ciudad horrenda, intransitable, oscura y se respiraba una ciudad nueva, acorde con lo que debería haber sido siempre: referencia multicultural para el resto del país, un faro que nos iluminara con su saber a todos, y no una macro-estructura llena de hormigón que aspiraba a ser organizadora de unos juegos olímpicos y decenas de miles de turistas desorientados que se atropellan a las puertas de la Plaza Mayor para tomarse un relajante café con leche (a nadie le he escuchado aún comentar en esa famosa frase lo del particular oxímoron del café que relaja).

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En mi sueño, la negligencia de Esperanza y su equipo era la única culpable de que Madrid hubiera perdido toda esencia e identidad, obcecados como estuvieron en convertirla en una gallina de los huevos de oro, convirtiéndola en un museo de la tapa con piscina de cerveza barataal centro, inundándola de lugares de comida y bebida americana, dejándola inhabitable para los que la habitaban y la querían. Y sí, en mi sueño, eran los ciudadanos los que terminaban recuperándola, lavándole la cara hasta que volvían a dejarla presentable. En muchas ocasiones se nos olvida el poder de los ciudadanos y lo que podríamos lograr si no se pasaran el día separándonos e incordiándonos con lo de ser exclusivo, original y único.

En un momento dado, en un balcón estaba Esperanza, escrutando las posibles obras que se podrían estar haciendo bajo su batuta, lanzando proyectos imposibles con su mirada de cuervo. Me escuchó y sonrió, saludándome con la más humilde complicidad, pensando que mi gratitud era motivada por otras razones. Aún estaba habituada a que la gente le diera las gracias por su negligencia y parecía incapaz de comprender mi retranca.

Se me veía muy feliz en el sueño, todos los que se cruzaban conmigome sonreían felices. Madrid era otra ciudad. Era muy feliz, aunque tampoco supiera por qué. Y aún no lo sepa y es muy probable que no lo sepa nunca.

¡GRACIAS, ESPERANZA! 001RUA

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