LAS ÁREAS DE SERVICIO Y EL MAL

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En el sempiterno debate sobre quién prevalece entre el Bien y el Mal, pienso siempre en que para darnos cuenta de la maldad humana es necesario hacer un viaje de más de seiscientos kilómetros en coche (el origen y el destino poco importa) y elegir al azar cinco o seis áreas de servicio. El mal está dentro de ellas. En sus aseos, concretamente.

Tras ese viaje, aquellos que hubieran hecho apología de nuestras bondades acabarían por retractarse, tras haber visto la mitad de las cosas que cualquiera ha podido visualizar en esos cubículos de la desidia humana. Mal en estado puro. Podría recrearme en un variado catálogo, pero imagino que cada uno estará ahora visualizando su propio museo de los horrores. En la decadencia de los aseos de las cafeterías de las áreas de servicio cada uno de nosotros tiene su propio talón de Aquiles, su top five particular, donde la sola recreación de aquellas devastadoras imágenes nos deja un regusto desagradable, que no se nos va ni con un gin tonic preparado por alguna de las cincuenta hijas de Nereo.

¿Por qué nos comportamos así? ¿Por qué somos tan desprendidos cuando exteriorizamos nuestra escatología? ¿Son traumas de la infancia que nadie ha sabido identificarnos? ¿Por qué pegamos compresas con nuestro adn en la pared? ¿Es un reducto de los primeros pobladores, que pintaban también con su propia sangre las paredes? Si los curas quisieran hacernos comprender nítidamente el concepto del Mal que portamos dentro, deberían de confesar dentro de esos aseos, con esas dantescas imágenes sacadas de los peores temores de David Lynch.

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Esas preguntas me hacía la semana pasada en el aseo del Museo Thyssen. Un aseo impoluto, por cierto, si preguntan. Con sus millones de pérdidas anuales, pero con los retretes tan adorables como cualquiera de los retratos de su colección. En esta ocasión asistí con mis amigos de Venue Connection, estandarte del funky nacional, a la expo fotográfica del catálogo de la revista Vogue: Leibovitz, Beaton, Lindbergh, Penn, entre otros. Delicia. En aquellos aseos se podría hacer de todo y salir con la conciencia más limpia que si le hubiéramos echado un chorro de Neutrex. Hasta la de Maradona saldría limpia de estos aseos.

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¿Por qué esa diferencia? ¿Qué chip nos lleva a comportarnos como señores en los museos y como súcubos en las áreas de servicio? ¿Quién decide esas radicalidades? Me niego a pensar que es por la calidad del café a servir. Quizás si supiéramos contestar correctamente a estas inquietudes veraniegas, podríamos avanzar como sociedad. Pero, mientras tanto, si tienen una urgencia mientras viajan este agosto, les ruego que vayan al baño como es debido. Que las exposiciones de arte son en los museos y no en las áreas de servicio, por el amor de Dios.

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