LOS QUE NOS SALVAN DE LAS GUERRAS

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© ÁNGEL M. GÓMEZ ESPADA

Fue en el Marchivirito, una de nuestras segundas casas. Hablábamos de la música clásica, de cómo terminará perdiéndose por la apatía de las nuevas generaciones; de cómo ejercita nuestro cerebro; de cómo es necesaria para restaurarlo; de cómo nos hace mejores personas; de cómo yo necesitaba escucharla más, pues mi enfermedad, dicen las malas lenguas, promueve el desarrollo del Alzheimer.

Hablábamos de esa enfermedad. Yo recordaba a mi abuela y a Dámaso Alonso. Cada vez que se habla del Alzheimer recuerdo a Dámaso Alonso. Bueno, concretamente a José Hierro en un recital en la facultad de Murcia hablando del Alzheimer. Una imagen que me perseguirá siempre: Hierro llorando, recordando a Dámaso Alonso con Alzheimer. Todo una enciclopedia con patas, como diría mi hermano, olvidándose de los más de 10.000 volúmenes que había leído. Dámaso Alonso olvidándose incluso de quién era su esposa. Disculpándose con aquellas memorables palabras que José Hierro tomara prestadas para inmortalizar su “Lear King en los claustros”. Esos emotivos versos finales dichos por todo un presidente de la RAE: “Yo sé que te he querido mucho / pero no recuerdo quién eres”. La enfermedad en toda su atrocidad. Aunque ni el olvido puede con el amor. Por mucho que Alonso olvidara quién fue su mujer, el vínculo permanecía, rompía lo material y lo inmaterial, el surrealismo que toda enfermedad conlleva. La supremacía de la vida y el lenguaje frente al silencio y la muerte.

José+Hierro+III

De ahí nos fuimos al Requiem de Mozart. Era inevitable. Buena comida, un albariño, la mujer que amas encendiéndote con sus ojos. Una de las piezas que resumen muy bien la perfección del ser humano. Escrita por uno que fue vilipendiado por su genialidad y llevado a las fauces de la miseria. La envidia, ese mezquino contrapunto de la raza humana. Y de allí, como no podía ser de otra manera, a las buenas personas que nos han abrigado en nuestras vidas. Por una vez, estuvimos de acuerdo ella y yo: nuestro abuelo materno. El suyo, ganadero portugués analfabeto, con ojos sinceros y bondadosos. El mío, superviviente de una guerra civil, ferroviario, los mismos ojos. Personas simples que nos enseñaron todo. Incluso a amar a Mozart. Ellos, que nunca lo escucharon.

Alzheimer

Las lágrimas de mi mujer por esa persona tan fundamental y que tanto bien nos hizo, para forjarnos, sanos y salvos de una sociedad cruel, totalmente desconocida para ellos. Incultos que tanto nos enseñaron. Después recordé que Saramago, todo un Nobel, dice lo mismo de su abuelo. Brindamos por ellos, cerebro que hace girar el eje de la Tierra con sus bondades. Los que nos libran realmente del mal; dioses del hogar que nos han salvado de tantas guerras.

Tan menospreciados hoy los abuelos que da asco. Asco. Verdadero asco.

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