LA OTRA REALIDAD

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De vez en cuando te asalta la otra realidad, la subterránea, la tejida con paciencia de araña, escondida en la chepa de grandes titulares de oropeles: que si tal equipo nacional o pseudo ha logrado un importantísimo triunfo europeo; que si tal o cual jugador ha sido abucheado en un entrenamiento; que si el Monago de turno esto o lo otro; que si un noble de diecisiete apellidos va a salirse de rositas de las tropecientas imputaciones que se le han admitido a trámite, etcétera.

Escaparates para mantenernos con el debate encendido, mientras ellos van construyendo el futuro que desean. Ojo. Cuando digo ellos me refiero a los que tienen el Poder de verdad y marcan las pautas a todo un continente, para que sus multinacionales sigan subiendo en las encuestas y puedan comprar a precio de saldo las competencias que surjan.

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Pero viene esa realidad subterránea y te golpea en la cara. Aquí mismo, en la ciudad en la que estás empadronado, donde cotizas desde hace una década – más de tres mil anuales en impuestos según tu borrador de la renta. Un buen día viene tu mujer, tras tres años de matrimonio consagrado por el Sr. Rodríguez de la Calle, y te dice que ha intentado coger cita en el centro de salud y que le han rehusado el derecho a la seguridad social. Porque es francesa y no cotiza. Que no entienden qué ha podido pasar, pero que ha pasado. El hecho de estar casada con un currante nacional no es válido: a efectos de la seguridad social es una “sin papeles”.

Ésta es la verdadera nación que están construyendo. La que no sale en las noticias porque no tiene el suficiente tirón. La construyen los que hablan de radicalismos y violencias, los que pactan con el hijo putativo del mismísimo Satanás con tal de seguir apoltronado en su sillón de mando.

francia

Esa realidad subterránea a la que se la trae al pario los pactos posibles, que haya gobernabilidad entre los cuatro cabestros de siempre o diecisiete partidos minoritarios. Ellos nos quieren desnudos y en cajas de cartón. Les pone mogollón mostrar nuestras desnudeces y ejercer la violencia más dañina, la que surge siempre efecto y no precisa de tanques en la calle, ni de policía montada del Canadá. La violencia del capitalismo, a la que seguimos rindiendo pleitesía, porque somos un pueblo, España, que aún no se ha enterado de que a los señoritos les da lo mismo que le hagamos la cama o no: seguirán metiéndonos el dedo en el ojo por el simple placer de recordarse que dirigen el cotarro.

Al fin y al cabo, ¿qué le importa a esta ciudad que una gabacha no pueda acudir al médico? Pues eso mismo. Ahora bien, les contaré un secreto: a usted no le importa lo más mínimo, pero es que usted a ellos les importa mucho menos que cero. Recuérdelo, para cuando le ocurra a usted.

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