ENVIDIO A LAS FEMEN

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© CUATRO / MEDIASET

A veces me pregunto si a las muchachas que apresan del Femen las inutilizan con tanto ahínco por ir semidesnudas o por ser mujeres. ¿Qué es lo que espanta tanto de ellas? ¿Por qué se les tiene tanto miedo y se tiran las fuerzas de seguridad como pirañas (o invitados a una boda) ante un plato de jamón ibérico? ¿Es necesario reducirlas de esa manera, presionándolas con la rodilla contra el suelo? La razón no puede ser, a priori, que nos violente su desnudez, porque en “Adán y Eva” no he visto a ningún segurata o madero yendo a reducir a las inocentes concursantes que van en busca de un amor primitivo que les resuelva cualquier duda en su hipocampo de la felicidad. Y a los de la provincia de Sevilla se les intuía la mar de contentos con la llegada del elenco de “Juego de tronos”, serie donde no hay capítulo, según se dice, en el que no salga una mujer en postura lasciva.

¿Qué tienen estas chicas para que nos repugnen tanto?

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© DAVID RITZ

Su condición de mujer, su condición de joven mujer, de mujer que rompe esquemas y cuyo cuerpo desnudo no está vinculado con el uso y disfrute del mismo, sino con la denuncia, con el grito de ayuda desesperado en un océano de mujeres jóvenes adiestradas que no quieren que nada cambie y que, por lo tanto, para nuestros sistemas de seguridad son perfectas, las esposas perfectas del mañana, las perfectas madres de unos futuros hijos cuyo único problema será el peso de la mochila o la actualización del iphone.

Y a los dinosaurios que nos regentan esas contradicciones les pueden, porque las chicas guapas y jóvenes, en sus cerebros de Velociraptores baratos, son para el bunga bunga y la fiesta posterior que se montan cuando vienen de salvar la patria con un nuevo expolio o saqueo. Son para cualquier cosa menos para que se te pongan delante a mover enérgicamente sus pechos y gritarte que eres un botarate y que estás tan pasado de moda como las camisetas con hombreras o los tirantes con bermudas.

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© VICE SPAIN

Confieso que cuando aparecen públicamente se convierten en mi oscuro objeto del deseo. Me gustaría, sobre todo, tener los suficientes pantalones para denunciar con la misma valentía que lo hacen ellas, y no apoltronado en un sillón, escribiendo una columna cada semana para aquellos pocos que quieren salvarse. Ellas luchan, como solo saben luchar las mujeres, despojándose de sus mayores secretos y exhibiéndolos delante de una sociedad que aún se asusta de las intimidades.

Porque son las mujeres, en cualquier crisis documentada, las que más sufren y las que más pierden. Las que cosen los desaguisados que vamos dejando en el estercolero. Las que zurcen los berenjenales que cocemos. Como dejé dicho en un poema, “la Historia de la Humanidad se sostiene por los cantos de las nietas de las costureras”.

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