LA ENTRADA

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Habían cambiado la entrada. La puerta que dejé atrás en 1989 era la misma, aunque pintada de otro color. Pero ya no se entraba por allí. Seguí las indicaciones para acceder por un lugar que me recibía con un cartel de esos amabilísimos que decían verdades del tipo “prohibida la entrada a toda persona ajena al recinto”.

Eran las 09.15 de un lunes. Regresaba a mi viejo instituto. Tenía que darles una charla a los alumnos. Bienaventuranzas de un antiguo alumno que ha triunfado en la vida. Ahí es nada. Tuve que llamar al timbre de una puerta férrea, que me separaba recuerdos y nombres olvidados que emergieron como los olores de una cocina al abrir la puerta de una casa a mediodía. Me preguntaron qué hacía allí. Me presenté. Me dieron las indicaciones pertinentes para adentrarme en aquella cárcel. No sabía qué puñetas pasaba exactamente, pero aquello no era ni por allá pasó lo que yo había vivido 25 años antes. Se parecía como un churro al caparazón de una tortuga. Estaba perdido, desalentado y desorientado. Todo era similar, pero con la diferencia de los jodidos matices. No se les daba a los chicos la oportunidad de elegir. Todo era blanco. Nada de negro. Sin la posibilidad de la fuga. Sin la posibilidad del desaparecer. Por el simple hecho de que lo más importante en la adolescencia es la capacidad para tomar decisiones. Decidir. A eso nos enseñaban entonces, creo. Ciencias o Letras. Arte o griego. Cosas así. Eras de un equipo o de otro. Pero no eso. Eso no es la educación. No como yo la he concebido desde la época universitaria.

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© ÁNGEL M. GÓMEZ ESPADA 2015

Luego la charla. ¿Qué iba a decirles a aquellos jóvenes si yo ya estaba desangelado antes de empezar? ¿Qué futuro les espera si los estamos enjaulando y diciendo lo que tienen que hacer en todo momento, sin capacidad para dilucidar por sí mismos si les conviene una cosa u otra?

Con la excusa de uno de mis poemas, con la imposición de los profesores de comentarles las bondades de seguir estudiando y hacer carrera en esta vida, les expliqué de qué iba todo aquello. Chicos, si queréis salir del abismo, tenéis que solucionarlo vosotros. Os contaré un secreto: a nosotros, a los de nuestra edad no nos importa lo más mínimo lo que os pase. No vamos a salvaros de nada. No queremos arreglar esta mierda. La crisis. La sociedad. Vuestro futuro. Nada de eso merece la pena ser arreglado, porque no nos da dividendos. Tenéis que ser vosotros, les dije. Comenzad a trabajar ya en ello si queréis arreglarlo. Arreglarlo verdaderamente. Sois la única tabla de salvación que le queda a este planeta. Si vosotros falláis, os iréis al carajo. Y a nosotros no nos importa. Así que poneos las pilas, porque no os queda otra.

Ellos quedaron contentos. Yo, destrozado por el panorama de ese mañana cercano.

p.d. Este artículo nada tiene que ver con el Instituto que me formé, antes al contrario. Como dejé escrito en la dedicatoria (por lo que adjunto foto) de mi nuevo libro, “Los hijos de Ulises”, mi vida hubiera sido diferente sin algunos de los profesores que tuve la suerte de conocer en Cieza. A ellos les debo mucho. Mi crítica no es contra los profesores, que son víctimas del sistema capitalista también, quizás una de las víctimas más silenciosas que hay ahora mismo. Mi crítica es contra los nuevos sistemas educativos impuestos, con el único afán de analfabetizarnos. Para los profesores del INE Diego Tortosa de Cieza, así como para el resto de ellos, desde aquí mi más sincero aplauso por luchar diariamente contra los mandatos impuestos por las multinacionales.

LA ENTRADA 001RUA

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