PARA MÍ QUE LAS TRAVESURAS SON OTRA COSA

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Mi apreciada lectora Rosario dice que cuando más le gustan mis escritos es cuando me pongo en plan poético. Así que pensé, venga, va, unos gramitos de poesía. La ocasión lo merece: somos muchos los que estaremos dentro de una semana en Plasencia centrifugándonos, escuchándonos, conociéndonos y reconociéndonos. Humanizándonos, nosotros que siempre estamos flotando, según piensan los mundanos que hacemos. Pero tenemos vida los poetas cuando nos quitamos el foulard o sacamos los ojos del cuaderno o del libro.

Ahí estaba, dispuestísimo, hasta que vi unas imágenes en televisión que me dejaron más tonto de lo que habitualmente suelo estar. No eran los de Estado Islámico haciendo de las suyas, que parecen monos enrabietados en jaulas: lo mismo hacen saltar a un homosexual por un quinto piso que les da por aniquilar tesoros. La inquina de esta gentuza no conoce límites. Qué saña, aprovechando que el resto estamos preocupadísimos mirándonos el ombligo.

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Repito: no era por ellos que me quedé boquiabierto. Mucho más cerca la escena, en Cataluña, donde un supuesto ciudadano se preparaba delante de una cámara improvisada (las más dañinas del mundo) para propinarle una patada en todo el gemelo a una mujer, con nocturnidad y alevosía. En medio del descojone y el despiporre del supuesto amigo que grababa el momentazo con el que creyeron que se iban a hacer de oro, gracias a que cada día estamos más idiotizados. Perdón, quise decir “modernos”.

De haber tenido a ese muchacho en aquel momento a mano, juro por lo que ustedes me pongan delante que le hubiera dado una somanta palos hasta que apareciera un médico por allí a decirme que de darle alguna castaña más se me caerían los brazos a cachos. Aún así no sé si me hubiese ahorrado el siguiente sopapo.

Lo triste no se queda en el acto en sí, sino en el revuelo posterior, en las excusas, en lo que uno lee y escucha, en los que lo califican como “gamberrada”, en los que piensan que no ha de haber una dura sanción contra tamaño atropello por mostrar arrepentimiento, en los que suavizan la barbarie con la excusa de los efluvios de la embriaguez.

A ver que me aclare: ¿nos salen espumarajos por la boca si un jovenzuelo quema un contenedor y hablamos de actos terroristas y Antisistema; hemos logrado hacerle entender a la sociedad, después de mucho, que alcohol y conducción son el peor binomio, y esto va a resolverse con una simple regañina y un perdón en público?

Las consecuencias de ese extraño rasero las pagaremos muy caras. En breve, me temo. Por cosas como esta he de aferrarme a la poesía con uñas y dientes, ya que mi estima de la condición humana ahora mismo está bajo mínimos. Así, pues, les dejo y salgo corriendo a por mi amigo Cumbreño, la mejor opción para el centrifugado.

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