CANDYCALORET

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¿Han tenido la oportunidad alguna vez de jugar al “CandyCaloret”? Les confieso que yo no, y que estoy la mar de intrigado. Al parecer, es un juego para móviles muy sencillo. Y altamente complejo a la vez. Es lo que tienen las aplicaciones modernas. Sencillas y complejas. Sutiles y enrevesadas. La vida misma, vamos. Básicamente se trata de tomarle el pelo a los españoles el mayor espacio de tiempo posible sin acabar imputado o dimitiendo.

Los que lo activan alguna vez reconocen que es adictivo. Que sueñan día y noche con pasar sus niveles, imaginándose en una continua perpetuación en el escaño, poltrona, sitial o solio correspondiente. Dicen que una vez que has escuchado el primer “delicious!” ya no hay vuelta atrás. Todo muda, hasta el acento. Quieres más chuches y no importa qué haya que hacer para obtenerlas.

Crucial para avanzar en este juego (de tronos, si se quiere hacer la broma fácil) es que a quien lo active no le importe ponerse en ridículo lo más mínimo. Esa pantomima, esa máscara de “tonto-la-haba” y de “testigo ocasional que pasaba por aquí” hará que los demás te vean como alguien cercano y te den vidas que te salvarán y te mantendrán en tu sitio. Y si te pillan en un renuncio, miente como un bellaco, niega la evidencia, agárrate al clavo ardiendo de la vileza y no saldrás mal parado. Siempre habrá alguien que te defienda, pensando en que le regalarás alguna vida algún día.

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Celia Villalobos. Rita Barberá. Emblemas de lo que es este juego. Mujeres que tuvieron la oportunidad de cambiar la sociedad en la que vivían, la sociedad en la que las de su sexo se despertaban cada mañana, como en una pesadilla. Que pudieron luchar por hacer para la mujer un mundo mejor, menos infame, más igualitario. Pero prefirieron jugar a hacer que la cosa no iba con ellas, amoldarse a las reglas preestablecidas. Caer en el ridículo constantemente por una buena paga. Mantenerse a costa de las mujeres a las que representan.

¿Cuántas valencianas o malagueñas habrán fruncido el ceño cuando hayan escuchado alguna vez una broma de mal gusto contra ellas no por su condición de políticas, sino de mujeres? ¿Cuántas defendieron a sus alcaldesas en la mesa de algún restaurante o en la cola del paro antes de que éstas las avergonzaran hasta resquebrajarles los huesos de la vergüenza?

Que mienta un político es triste. Que se ría en nuestra cara es patético (eso sí lo es, don Mariano, no lo que hace el líder de la oposición). Pero que una mujer se pitorree de los votos de las de su sexo es imperdonable. Porque las mujeres están para sostener el mundo de nuestras barrabasadas, para meterlo en cordura. Y no para reírles las gracias a sus jefes y ovacionarlos cuando les guiñan un ojo, mientras estos lo tergiversan todo a su antojo.

Articulo 27022015 001rua

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