LAS MISMAS RISAS DE ENTONCES

Me encantan esas semanas en las que me abstraigo de la realidad cotidiana por diversos acontecimientos. Esas en las que estás como perdido en una rotonda interminable, girando, sin encontrar la salida que te conduzca por el sendero luminoso del último pacto de silencio entre los mandamases, los enésimos anuncios de alto el fuego, que sesaldan con petardazos a la luz de la luna y con cobardes escondiendo la mano.

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copyright: Pascual Gómez Yuste

Semanas en las que el escándalo que te preocupa es ver cómo crece tu ahijado cuando te alejas y no el de que el Pequeño Nicolás y los Pujol unieran sus fuerzas entre la maraña de papeles que escondían sus tropelías. Los hijos, que nos salen traviesos, ya saben, dicen los que quieren quitarse la caspa de la casta para endosárselos a otros. Es hermoso comprobar que hay otro mundo con atardeceres espectaculares y fluye, a pesar de los miles y miles de canallas que pretenden exprimirlo hasta libarle la última gota.

Semanas en las que no hace falta meter el dedo en la falta de ética de los que muestran el sexo rasurado y espléndido de sus oponentes políticos para rascarles unos votos. Ya no les basta con desnudarlos delante de la hacienda pública. Ahora quieren también sus ropas, quieren hacer sangre con lo más sencillo y precioso que tiene el ser humano: la dignidad.

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En otro momento, podría explayarme con tales barbaridades, pero estoy de asueto. Hacen huelga los aciagos en mi alma. He vuelto por unas horas a la ciudad donde pasé mi última infancia y mi adolescencia. Presentación de mi poemario, ya saben. Todo muy aburrido y luchando contra el abominable horario de coincidir con el Real Madrid, de regreso a Champions. Todo en contra para hacer un buen caldo.

Pero allí acudieron los viejos amigos a arrancarme sensaciones de las inenarrables, de las que no pueden salir ni en poemas, porque uno no encuentra palabras para decirlas con la calidad que se merece el instante. Diecisiete años sin saber de ellos, excepto curiosidades que uno encuentra por las redes sociales. Y, sin embargo, el manto de sus sonrisas aletargaba mis palabras de experimentado pedante.

Luego llegó el mejor momento, el de las cañas. Las mismas risas de entonces regresaron a los escenarios de entonces. Habíamos rejuvenecido lo suficiente como para parecer otros: los que no regresarán, los que fueron invulnerables e inmortales gracias a la codicia de la juventud. Hablábamos del presente, de menudencias, pero las risas eran las mismas. Con las misma fuerza y el mismo estruendo, capaces de parar relojes y calendarios. Por unas horas fuimos dioses.

Es hermoso dejarse arrastrar por la vida, olvidarse del hilo de sangre e inmundicias que van dejando las noticias, con la intención salvaje de quitarnos las ganas de reírnos como entonces.

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