LUCERO Y LOS SEIS GRADOS DE SEPARACIÓN

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No creía en la teoría de los seis grados de separación. Ya saben a la que me refiero: esa que dice que cada uno de nosotros está conectado a Obama, a Stephen Hawking o a Rosa Belmonte a través de cinco personas. Hay algunos, el “pequeño Nicolás” por ejemplo, que necesita muchas menos estaciones para que te vinculen con él. Algo similar ocurre con el barbudo ese que sale en todas las entradas de los juzgados andaluces o con las familias numerosas, como la de Pujol.

Da miedo esa teoría, basada en el tópico de que el mundo es un pañuelo. Por ejemplo: de los tres que he citado arriba, estoy conectado a la simpar Belmonte a través de este periódico y de mi editora. Bueno, también a través de Pérez Reverte, que en su día hizo una fiesta para celebrar en Murcia la cátedra que obtuvo su viejo amigo, y mi querido profesor, José Perona. Allí me presentaron a la periodista, de la que soy un profundo admirador. De su pluma y de su físico, reconozco. Creo que aún tiene residuos de mi baboseo de esa noche del noventa y muchos.

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Otro caso peculiar para ejemplificar esta desconcertadora teoría: mi amigo el escritor Alejandro Hermosilla se fue a vivir a la mexicana Xalapa, harto de las idioteces de este nuestro fatigado país. Y hace nada descubrí que la pintora mexicana Adriana Manuela, residente en Puente Genil, es la hermana de la casera de Hermosilla.

Ese mismo puente, el de la Inmaculada, quedé conectado con el hombre que hizo la gracia de la foto con el borrico. Había quedado con el poeta Manuel Guerrero para devolverle la visita que años antes nos hizo cortésmente y para actualizar nuestra amistad. Nos vimos en Lucena, punto intermedio entre Puente Genil y Cabra, donde reside. Paseamos por el hermoso y vasto belén lucense y le hicimos fotos a Lucero y a su compañero, ejerciendo de turistas improvisados.

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Ahora, no solo estoy conectado a través de un finísimo y extraño hilo de dolor con Lucero. También con el asno que lo atacó para que no estorbara en el encuadre, que confirma, por enésima vez, otra teoría, ésta mía: la de que los móviles son las verdaderas armas de destrucción masiva del siglo XXI. Nos convierten en monstruos, y no nos damos ni cuenta. Y, como las armas, cada vez más caros. Pero sus balas, gratuitas.

Al final de este artículo queda demostrado que la teoría de los seis grados de separación se cumple a rajatabla: cada uno de nosotros está conectado con una acémila a través de cinco presuntas personas.

A mí eso me aterroriza, no sé a ustedes. La idea, digo, de estar vinculado por “h” o por “b” con los hermanos Matamoros, el dueño de Ryanair o el presidente de Nestlé. Da grima, pero se ve a diario. Y, por lo que cuentan, en los estadios o en los belenes las conexiones son asombrosas. Absolutamente.

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