YA NO HAY FIESTA EN PARÍS

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Uno se va haciendo cada vez más viejo. Eso o que París ya no es el abanico de sorpresas que conocí a comienzos de este siglo. Prefiero pensar que soy más viejo. Que esta maravillosa ciudad no ha cambiado. Que veo los mismos rojizos rostros infantiles saboreando cada instante de los autómatas que habitan la decoración de las galerías Lafayette o Printemps, aunque con diferentes ojos. Con los de un hombre que ha sobrepasado la cuarentena y ha dejado atrás la juventud y la madurez. París ya no es una fiesta, por decirlo de alguna manera. Se ha convertido en una dulce y pausada tradición que nos rejuvenece y nos obliga a mirar todo con ojos diferentes. Con ojos de niño. Como si lo descubriéramos todo por primera vez, dejándonos perdidos en una calle docenas de veces transitada.

Todavía no he frecuentado los lugares donde millones de turistas se agolpan. Hay tiempo. Prefiero fijarme en los pequeños detalles, en los cambios imperceptibles que llaman tanto la atención al viajante enamorado. Por ejemplo, la calmada y silenciosa invasión de los Starbucks, esos centros donde se condena el ocio y el momento del café se convierte en un rincón cómodo para buscar wifi y entablar una conversación con los amigos virtuales, mientras que esperamos a que alguien de esta realidad, mucho más triste por lo que parece, venga a rellenar el hueco de la otra silla, y se aposente y actualice su estado en la red social de turno, mientras que espera a que alguien con un acento de película de Hollywood diga su nombre para darle un vaso caliente de cartón con algo de agua con color dentro por la que habrá pagado lo que no se atreve a pagar en su ciudad por un trozo de carne.

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En fin, misterios de la vida.

Por mi parte, aprovecharé la desolación de la quimera para adentrarme en el arte de la fotografía contemporánea. Noviembre es el mes de la foto en París. En tres días he visto nueve exposiciones sin soltar un euro, lo que dice muy poco en favor de las teorías del señor Wert (alguien que, si tuviera el suficiente coraje, debería tomar el camino que le señala su colega Mato, aunque solo fuera por un dato como este). No es que me hayan convencido en exceso, sinceramente. Algunas incluso me han defraudado, como la de mi respetado García-Alix, de quien esperaba más. Pero quédense con ciertos nombres: Bogdan Konopka, Marie Dorigny, Irem Sozen o Jeffrey Silverthorne. Y Pérez Siquier, que nunca defrauda como testigo de su época, y a quien tuve el honor de entrevistar hace unos años y tuvo a bien corresponderme yendo a escuchar mis versos.

Muchas más imágenes me quedan por ver. En la ciudad interminable. Donde los políticos no se golpean el pecho porque no tienen antenas parabólicas y hay exposiciones gratuitas por doquier durante un mes.

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