FLASH GORDON Y EL BAR DE ANTONIO

Flash Gordon (1980) poster

Uno de los episodios más negros de mi infancia se remonta a mis días manchegos. Bueno, en 1980 aquella porción de tierra aún era murciana y no existían las autonomías. Donde vivía era ya famoso por lo mismo que hoy. Decenas de autobuses paraban a orillas de la nacional para entrar en la confitería que estaba al lado de mi casa y comprar aquellos dulces de tan curioso nombre.

Los de mi barrio éramos más de Phoskitos. Los comprábamos no solo por su sabor, sino también por las bagatelas que les solían acompañar. La campaña de la que hablo, por si alguien quiere hacer ejercicios nemotécnicos, es la que estuvo vinculada a ese fracaso cinematográfico llamado Flash Gordon. De aquella patata de Mike Hodges ni siquiera recordaba a Ornella Mutti entre el elenco. No vamos a nombrar a Timothy Dalton o Max Von Sydow, por expreso deseo de sus agentes. Lo único que trascendió fue la banda sonora de los inmortales Queen.

imagesEn nuestro quiosquero de siempre los comprábamos. El quiosquero se llamaba Antonio. Un hombre al que siempre se le veía huraño y nervioso cuando nos acumulábamos en su diminuto local demasiados niños. Era, como se dice hoy en los cursos de atención al cliente, un asalariado poco dado a la predisposición con el cliente. A qué dudarlo, los niños éramos su mayor fuente de ingresos, pero en 1980 el tema del business ni siquiera estaba inventado. Al menos en la Mancha, por mucho que Cervantes les hubiera abonado bien el camino 375 años antes.

Reuníamos los puntos de los Phoskitos para conseguir “gratis” una reproducción de un afiche de la película. Cuando tuve en mi haber todos los que se requerían, allí que me personé delante del señor Antonio, antes de la hora de entrada al cole, con el corazón batiendo como solo puede hacerlo el de un niño de siete años que no ha dormido la noche de antes, pensando en su dulce recompensa.

fotonoticia20141112132405800-770x414El señor Antonio, Dios lo tenga en su gloria, me negó el afiche. Arguyó la excusa de que no solía verme comprar en su tienda, que habría adquirido los dulces en otro sitio, o habría logrado los puntos de manera fraudulenta. A pesar de lo que decían mis compañeros de colegio y mis contenidas lágrimas de incredulidad, asegurándole lo que perfectamente él sabía, no dio su brazo a torcer y salí de allí sin el afiche.

Cuando los quiosqueros eran señores, este buen hombre le negó algo que no le costaba ni una peseta a un niño de siete años. Ahora, 35 años más tarde, este Gobierno, el más mentiroso que he conocido, quiere obligarme a que crea en el nuevo Antonio que se han inventado. El del Bar. El del anuncio de la lotería.

Permitidme que me indigne por ello y los mande a tomar viento fresco. Es la pequeña venganza de aquel niño de siete años que no quiso saber nada más de Flash Gordon.

FLASH GORDON Y EL BAR DE ANTONIO 001rua

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