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Entonces, de súbito, saltaron las alarmas entre todos sus asesores, una vez que acabaron de leer el discurso que le habían preparado para tan magnánima ocasión. ¿Cómo es esto? ¿Va nuestro Mánager espiritual a repartir medallas al Teatro Romano de Mérida y no va a haber ninguna para él? ¡Inadmisible!, gritaron al unísono, como el orfeón bien engrasado que presuponemos que es. Y se pusieron a devanarse los sesos, para que el protagonista de la velada, el verdadero protagonista en cualquier día de Extremadura que se precie, se adjudicara la suya. Él, que es un referente cultural para los artistas de la nación, como habíamos descubierto días antes (Loquillo dixit), se la merecía también.

¿Era necesaria la medalla que se otorgó Monago a sí mismo? Por supuesto, no olvidemos que las elecciones comienzan a vislumbrarse. Y la próxima reforma constitucional, que modificará de manera sustancial el sistema de votación, hará que ésta sea una carrera descontrolada por llegar el primero a la meta. Ya no valdrán los pactos a toro pasado y con los escaños repartidos. Habrá que hacerlos antes. Habrá que retratarse.

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Así pues, Monago necesitaba perentoriamente su medalla y hete aquí que los asesores la hallaron en el propio lema de la gala de ese año: un homenaje en toda regla a “la mujer del mundo rural” (sic), por todos los valores y el coraje que trasmitieron a las nuevas generaciones, una vez acabada una guerra devastadora que dio paso a un extenso periodo de tiempo que se suponía que era una dictadura, pero que por lo visto no, que fue simplemente un gobierno de marcado acento autoritario (cosas de los libros de Historia y de los tertulianos).

No nos detengamos en cuestiones menores, como la de por qué la apostilla de “lo rural”. No, mejor que no. ¿Acaso las mujeres de Badajoz o Cáceres no escribieron también varios tomos del Manual de Supervivencia Acelerado en aquellos días farragosos?

Detengámonos en la medalla en sí. En los trescientos euros anuales que les prometió el que nos gobierna a esas mujeres que se maquillaban todas las mañanas con el horror y el espanto, que utilizaban paraguas raídos para esquivar las balas y los obuses, que labraron con sus propios manos, convirtiendo sus uñas en simiente, la tierra que hoy pisan sus nietos y que estos venden a precios irrisorios a las multinacionales extranjeras.

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A esas Apolonias, Elias y Paquinas, medio siglo después, un gobierno les ha prometido a bombo y platillo veinticinco euros mensuales como homenaje por todas las inmundicias que tragaron, por todos los días que no comieron para que otro tuviera sustento, por todas las noches que se helaron de frío para dejarles a otros el calor en el nido.

Bien pensado, es un merecido premio a tanta labor silenciosa. ¿O no?

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