¿ALEMANIA – ISRAEL? PONLO A EMPATE FIJO

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No sabría decirles si hubo mano negra o no en el detalle de que el pasado domingo “la uno”, nada más proclamarse Alemania campeona del mundo, emitiera uno de los films imprescindibles, “La Lista de Schindler”. No sabría decirles si fue un bobalicón corte de mangas de la cadena pública al endiosamiento de la Merkel. El caso es que la pasaron y me enganché, como suele sucederme siempre con este tipo de películas, a pesar de que la información de mi televisor me dijera que terminaría a las tres de la madrugada. Un esfuerzo. Descansaba al día siguiente.

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Y como suele ser habitual, no supe contener el llanto en esas escenas que tanto nos han marcado, como la lluvia de ceniza que invade la ciudad desde el crematorio. A partir de ese minuto muere la metáfora del abrigo rojo (spoiler) y parece que se ha perdido cualquier atisbo de esperanza en la película. Ese abrigo rojo de una niña desamparada que vaga durante todo el metraje hasta caer en una fosa. Ese abrigo rojo que aparece en alguno de mis versos. La escena en la que Óscar Schindler se da cuenta de que por una insignia de oro nazi podría haber salvado, al menos, una vida más. Una insignia, una vida. Eso sí que es reduccionismo y no el de Sergi Roca en la serie de Telecinco. En esa escena a moco tendido siempre, no me cuesta reconocerlo. El valor efímero de las cosas. También de la vida, que a veces tanto dignificamos y magnificamos y en otras la convertimos en un espejismo a cambio de unas monedas de plata.

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Pero mi llanto del domingo fue diferente. No lloraba por los judíos caídos en el holocausto. Tampoco por los que lograron sobrevivir ni por las generaciones que pisan la tierra gracias al esfuerzo de ese empresario alemán que retrata Spielberg. Mi dolor era otro, muy alejado de aquellas escenas. Alejado de los que lucharon para salvar a unos pocos judíos. Alejado de aquel testimonio de abominaciones y sañas que aún hoy nos cercenan el ánimo.

Lloraba por los judíos de hoy, los que exterminan (en todo el sentido que contiene en sí misma esa palabra traída del latín, tan específico); los que levantan muros infranqueables para aislar al vecino y condenarlo a la pobreza, a fin de que sus negocios sean más rentables; los que han hecho del mercado de las armas su catecismo, sus tablas de la ley; los que aniquilan desde los cielos niños que juegan en las playas porque acabar con el futuro es la mejor venganza del pasado. Nadie adquiere una deuda tan grande como para repetir todo el dolor que les fue infligido a sus abuelos.

18enero09blog© Manel Fontdevila / Publico.es

El ser humano, parece ser la lección de todo este esperpento auspiciado por las multinacionales de países lejanos, no quiere lecciones. No quiere lecturas positivas.

La paz te hace vivir de lo que pescas. La guerra de lo que matas.

Articulo 19072014 001RUA

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