CHAPITAS

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De lo que se está hablando aquí es de otra cosa. Nada tiene que ver con proclamaciones o fotos de portada, de jóvenes hablando por teléfono mientras su familia sale al balcón a darse un baño de multitudes. Es algo mucho más cicatero. Hablamos de lo que nos queda de lo que un día fue la libertad de expresión. Hablamos de chapitas, aunque no lo parezca. Hablamos de anónimos transeúntes que se levantan temprano y deciden pasearse por el centro con un mensaje grapado en el pecho. Un mensaje minúsculo, corto, icónico. Mucho menos de los célebres 140 caracteres.

Se intuye que de haber salido a visitar a su hermana por Vallecas, las traseras de Chamartín o los residenciales abandonados de Parla ahora yo no tendría con qué hacer este artículo. Pero no. Era el centro: lugar mítico de celebraciones y ventas ambulantes de la dignidad de algunos. Por ahí se ve que no era el día apropiado para lucir mensajes en la solapa del orgullo. La policía te escaneaba los mensajes ocultos, como en los aeropuertos. Todo tenía que ser perfecto. Máxime cuando los 23 de Curitiba nos habían ahorrado más de 16,5 millones en apenas dos asaltos. Eso es microeconomía austera y no lo de Montoro. Aunque en algo se parecen: pierden los de siempre, ayunando las ilusiones estivales de ser otra vez los mejores. Y los bares. Es obvio que los bares también saldrán perdiendo.

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Estábamos en todas las televisiones. Hasta en Al-jazeera, aunque con los nombres truncados. Dando vueltas por el centro. Ajenos al nuevo récord olímpico de pérdida de poder adquisitivo y de rebaja salarial que se estaba conociendo por todos los diarios del continente. (Mientras la media europea sube, seguimos bajando. Milagros de la austeridad). Buscando quién era el que portaba la chapita ingobernable. Le dijeron: usted no puede avanzar más. Hoy no verá a su hermana. No, al menos, con esa chapa.

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Una simple chapa puede poner en peligro todo el complejo democrático en este país. Según qué día sea, según qué horas. Ustedes se reirán de esta afirmación, pero residen en la misma comunidad que ha sacado a la luz un examen para premios de bachillerato en el que se les exhorta a exponer en lengua extranjera y en 80 palabras motivaciones para impeler a un amigo a que no vote a un partido que ha conseguido algo más de 18.000 papeletas en las últimas elecciones. La chapa era de mi amigo jotaefe. Con un fondo de colores chillones (amarillo, morado, rojo) combinados de cualquier manera, portaba un verso mío: “Hoy no tengo cuerpo para la poesía”. Mensaje tan subversivo le valió quedarse sin las famosas croquetas de su hermana. Mientras tanto, a unos metros de allí, la familia del niño que hablaba por teléfono saludaba a todas las cámaras del mundo, sabiéndose los reyes del momento.

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