LOS TELÉFONOS, EL DOLOR

smartphones

He de reconocer públicamente este secreto: no me gustan los teléfonos. Ya va siendo hora. Quien me conozca un poco, ahora mismo estará sonriendo, sabedor de mis reticencias si me hablan de androids, grupos de wasapeo u otros términos efervescentes y tecnológicos. Me siento estúpido manteniendo una conversación con alguien sin poder tocarlo, sin aprender de sus gestos y reacciones, sin ver el color de su risa. Soy más de la vieja escuela, de cañas en las terrazas para reivindicar cualquier tipo de relación. Algo habrá de bueno en esto, ¿no? Al menos, pienso que a mí no se me fríen las neuronas con tanta radiación: hay algunos por ahí que van con los pulgares tan atrofiados que tienen forma de “TQ”.

He conectado siempre esos cacharros del demonio con un tipo extraño de esclavitud, que ha ido acrecentándose con su evolución. Hoy nos dominan con ellos desde remotas galaxias estelares, como quien dice. Los hemos convertido en armas de destrucción masiva. Antes, por lo menos, solo era maltrato psicológico, con unos pitidos de los más ridículos; pero hoy nos domeñan a su voluntad con un receptáculo que cabe en un bolsillo. Maravillas de la ciencia.

En el pasado, solo te molestaba en tu momento más privado: es decir, en casa. Había que dejar lo que estuvieras haciendo para atenderlo, pero era opcional. Daba lo mismo que fuera tu madre para recordarte la paella del domingo con los primos o una promoción de la última enciclopedia ultramoderna con cedé. Pero, aunque fuera solo para comprar el pan, salías y te desconectabas. Ahora, como hemos aprendido gracias a la televisión, es fundamental. Los “protas” lo tienen durmiendo a su lado y cortan la escena de alto voltaje para recoger la llamada incómoda. “Puede ser importante”, dicen. (Creo que esta es la frase más recurrente después del “¿Confías en mí?”).

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Como se refleja en esa ficción, los teléfonos también portan el dolor. No ya el luto, que también. Me refiero al dolor más absurdo, el que nunca terminamos de comprender. Ese dolor que llega desde un hilo invisible y te convence de que tu padre ha fallecido tirado en el suelo de tu comedor unas horas después de que lo dejaras allí mismo riendo; o el dolor que te dice que tu hijo ha sido reventado por un fumado que iba con una retroexcavadora y ha hecho una maniobra a lo Hamilton; el que te explica que un desaprensivo ha lanzado un inodoro desde lo alto de un estadio y se lo ha puesto de casco a tu hermano.

Ese duelo que nos salpica de pronto desde un frágil audífono, que estallaría en mil pedazos si lo estampáramos contra la pared, va en mí siempre pegado al término “teléfono”. Espero que ahora me entiendan un poquito mejor y no se rían de un servidor porque no quiere ponerse al día con semejantes engendros.

LOS TELEFONOS EL DOLORArticulo 10052014 001

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