RECICLANDO FELICIDAD

0abf9c5cc915f8a7119711c89d4d6192copyright: REUTERS

La fotografía es de esas que pasan desapercibidas en un rápido recorrido. Necesita de un pie de página explicativo. Cualquiera diría, por lo mismo, que no es una buena foto en cuanto a técnica. Puede que se le diera la razón. Su autor rompe las reglas establecidas, destroza el encuadre canónico para camuflar al sujeto fotográfico, como si de un Wally se tratara, para que solo observemos un simple estercolero, fétido y repleto de suciedad, putrefacción y plásticos.

            Hasta que en el lado inferior izquierdo reparamos en un niño. Asoma solo la cabeza y su brazo derecho. Rescata una lata de lo que pudo haber sido en su día un refresco o una cerveza. Su esfuerzo y su recompensa por el pequeño triunfo lo vemos en el gesto de sus labios torcidos.

Y entonces nos acercamos al pie de foto, a la explicación, a ese mundo ante el que nos gusta cerrar los ojos y pasar página, porque la comodidad no provoca pesadillas. Se nos dice que no se trata de un estercolero. Es la foto del canal Arruda, en la región brasileña de Recife. Debajo de aquellas montañas de restos de humanidad hay agua. O eso debemos de suponer. En el encuadre elegido es imposible vislumbrarla. Predomina otro tipo de azul: el de los botes de detergentes y de bolsas de basura. Cada mañana, ese niño se ve obligado a sumergirse entre aquel océano de residuos para buscar desechos reciclables. Algo que vender para poder llenarse la boca. Aluminio extraído de aguas contaminadas que pasará a formar parte de un proceso en el que la miseria se convertirá en otro recipiente de felicidad para cualquiera de nosotros. Para conseguir unos diez euros hace falta extraer alrededor de quince quilos. Hagan ustedes la cuenta de las latas de sardinas que hay que sacar de la ciénaga, porque a mí me entra la risa fácil.

            Eso es Brasil. Un país en expansión. O eso se nos vende. Con su Mundial de la prosperidad y la cordialidad y todas esas martingalas que nos reconfortan el cerebro, porque todos tenemos la imagen cochambrosa de las favelas muy presente y qué pena dan. Pero solo en Pernambuco hay veinte mil personas que se dedican a seleccionar detritus entre la mierda.

            Cualquiera de acá, si se hiciera una encuesta, haría lo imposible por tratar de que ese niño no vuelva a introducirse en esa orgía de inmundicias. Lloraría de impotencia si se le pusiera una cámara delante. Diría que es una vergüenza al subir un selfie a las redes sociales denunciando esa barbarie colectiva. Y, sin embargo, qué curioso, cuando se hagan adultos y, para liberarse de aquello, quieran salir de la miseria nadando hasta nuestra costa y saltando vallas, les cerraremos las puertas. Porque aquello es Brasil. Y esto, España. Y lo más probable es que seamos rivales en algún momento del Mundial.

RECICLANDO FELICIDADArticulo 29032014 001Publicado en Hoy Extremadura el pasado 29 de Marzo de 2014

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