SABORES EN LOS BOLSILLOS

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Cuando llegue el momento de marcharme de Extremadura (todo tiene un principio y un final), el listado de cosas que se vendrán conmigo no va a caberme en los bolsillos. Como el patrimonio artístico es demasiado visible para expoliarlo en mitad de la noche, tendré que conformarme con otros detalles, que se quedarán por estos terruños, pero que sé que, indefectiblemente, echaré de menos en cuanto las nubes inciertas del pensamiento me devuelvan a estos días vividos y tan vívidos.

Me abstengo de exponer la larga y cálida nómina de gentes. Quede eso para el momento de las despedidas. Echaré de menos, sobre todo, un par de palabras que se han convertido en insustituibles en mi diccionario particular: “secreto” y “retinto”. Depende de los acompañamientos y las guarniciones que se le dispongan a ambos lados del plato la emoción contenida será más subida de tono.

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Echaré de menos las tapas de jamón del Hotel Río o La Corchuela, no sólo por su sabor: también por las amables personas que las hacen posibles e inconfundibles; la lasaña de rabo de toro del Marchivirito (aunque ya la hayan sacado de la carta y a mí se me parezca más un parmentier), acompañada por las palabras de sutura de Vasco y los demás y también de una copa de Huno o Habla del Silencio, que maridan hasta con una hipotética gelatina de higo chumbo y arándanos; el arroz de pato del Varchotel en Elvas y la paciencia con la que nos tratan siempre, cuando saben que seremos los últimos en salir de allí, aunque hayamos sido los primeros en llegar; los camarones tigres del Cristo, que se me aparecen de vez en cuando saliendo espontáneamente de los fregaderos de mis sueños; la carrillera de los hermanos Campañón que te convierte en todo un Superman, porque se deshace con solo mirarla; la lasaña de morcilla de El Sigar, que te hace olvidar que esos ingredientes son los menos apropiados para cualquier dieta; el bacalao confitado de La Rebotica en Zafra, que te deja sin palabras; el vendaval de tradiciones de La Troya en Trujillo; el entrecot de Casa Juan en Plasencia, que parece que te lo trajo tu propia abuela a la mesa…

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En definitiva, me doy cuenta ahora de que este penacho de sabores vendrá conmigo en la mudanza, pero que nunca seré capaz de solucionar el problema añadido de transportar conmigo todas aquellas risas y momentos de complicidades y celebraciones, de reparaciones del ánimo y de exaltación de la amistad que acompañaron a cada una de las recetas. También tendrán que venirse la cordialidad y la experiencia de los que nos acercaron esos benditos manjares y momentos hasta la mesa. Porque, como me gusta recordarme de vez en cuando, en esos días tristes y lluviosos en los que uno no puedo salir de casa, ¿qué es la vida sin una cerveza con amigos?

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