DESENCANTADOS CON EL MUNDO

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Si alguien me hubiera dicho hace veinte años que iba a estar hoy aquí saliendo en defensa de Pedro J. es probable que el ataque de pánico me hubiera obligado a ponerme a correr como alma que lleva el diablo hasta donde se encontrara un espejo en el que confiara para ver qué extraña metamorfosis se estaba generando dentro de mí. Y, sin embargo, aquí me tienen, merced a esa silenciosa pero contundente maquinaria que están articulando estos gobernantes que nos han tocado en desgracia, y los que a ellos les gobiernan.

El domingo se acabará El Mundo, tal y como lo conocemos. Su máximo representante dirá adiós a veinticinco años de publicación. La reforma laboral también le ha sacudido a él. O eso dicen los analistas. Que no ha sido una cuestión de tocar los reales bemoles a unos cuantos. A estas alturas, sabemos que esa reforma ha servido para desempolvar empresas y redacciones de todo tipo de odres viejos con la excusa de avanzar hacia el futuro con los nuevos becarios y aprendices programados. Ser más competitivos en Europa y todo eso.

Hace ya unos años, noventa y cinco en concreto, un pobre loco como Kafka nos dejó una humilde herencia: una historia corta que lleva por título “En la colonia penitenciaria”. La protagonista es una descomunal máquina hecha para la tortura de los que cumplen condena en una colonia que es una enorme prisión. Todo un avanzado dispositivo que sirve para infringir dolor a los reos y prolongarlo en el tiempo hasta el paroxismo con un complicadísimo sistema.

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Los poderosos de verdad están construyendo esas máquinas a su antojo en la actualidad. Un aparato silencioso, efectivo 100%, que nos va ejecutando cada vez más rápido, pero de tal forma que apenas nos da tiempo a lamernos las heridas. Aún no hemos terminado de sangrar de una cuando nos estamos percatando de que nos han lacerado en otro lugar.

Para lograrlo, les da lo mismo a quién tengan que llevarse por delante. Los mismos que ayer les servían para contener a la mayoría, hoy se convierten en sus enemigos por no darles coba o pábulo. Y los destrona, porque solo viven para aumentar sus intereses y sus réditos.

Que el periodismo, tal y como lo conocimos en el pasado siglo, es un inconveniente para ellos es algo que no debería asustarnos. Es hora de hacer otra lectura del despido de Pedro J. y reflexionar sobre el futuro de algunas profesiones, abocadas a acabar en manos de cuatro becarios y setecientas mil máquinas que documentarán todo lo que vayan dictándoles a través de un pinganillo un alto cargo de lo que sea a miles de kilómetros de distancia, tumbado a la bartola en su isla, anclado en su burbuja de irrealidad.

Esa figura misteriosa y aislada nos recordará a los villanos archienemigos de James Bond. Pues eso mismo.

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