CUENTO DE NAVIDAD

1505125_10200333606662038_2140586801_ncopyright: Montserrat Muñoz

Esta Nochebuena cené con mi mujer en casa. Solos. A cientos de kilómetros de tanta gente que nos importa. Completamente aislados en nuestros muros de plafón. Algunos dirán: qué triste. Sin embargo, les digo: todo lo contrario. En esa mesa abierta para un mínimo de seis estábamos encantados y brindando con un champagne delicioso.

Entiéndanme: no es que no echemos de menos a la gente. Que sí. Nos gustaría estar allí con ellos y todo eso, pero cenamos solos. Entre otras cosas porque en estos días haces un viaje no para estar con tu familia, por ejemplo. Viajas, al final, para pasar la noche y la mañana siguiente con la familia de tu familia. Con los aledaños de ese amor parental que sufraga los excesos de estos días.

1517491_10200333607422057_807355029_ncopyright: Montserrat Muñoz

Así que allí estábamos. En una isla. En una isla desierta. Sin vecinos dándole a la zambomba. Sin tele. Sin discurso del rey ni su posterior análisis que hace rechinar los dientes. Sin programas de relleno sin pizca de gracia. Sin Raphael. Sin Miguel Bosé. Sin Pablo Alborán. Que no sé qué pintan en unos especiales navideños, sinceramente. Sin móviles en la mesa interrumpiendo cada bocado especial. Sin nadie que te comente entre risas y gritos infantiles la última ocurrencia que a un desocupado le ha dado por enviar. Como, por ejemplo, decenas de chicas hermosas con un gorro de Santa Claus en la cabeza como única prenda o en la playa haciendo el trenecito y deseándote las cosas más idiotas que imaginar se pueda. Sin el primo de turno esforzándose por más de media hora en conectarte el youtube a la pantalla de plasma  para enseñarte el video viral de este año y que tú todavía no has visto porque, claro, eres el mismo tipo rarito de siempre con un móvil del pleistoceno y a ver cuándo te pones whatsapp para que puedas estar localizable. Sin tener que decirle: hablar siempre ha sido caro, chaval; decir chorradas sí que es gratis. Sin tener que pelearnos con el hijo de la mujer de tu primo por el último langostino que hay en la bandeja. Sin tener que vernos obligados a comer los dulces típicos del pueblo que ha traído la tía. Sin nadie que te diga: ¿pero es que no vas a comer más? ¡Qué mañana está el cordero!

En nuestra isla paradisíaca cenamos, recordamos anécdotas de navidades pasadas, imaginamos dónde estaríamos las próximas, brindamos por estar donde estábamos, por tener una mesa que llenar y que ocupar, cantamos y bailamos una recopilación de temas del año de la polka, de cuando los djs pinchaban en vinilo, de cuando nos moceábamos con sarna, como si no existiera el mañana y el dance, el rock o el punk tuvieran fecha de caducidad.

Ahora piensen de nuevo en si han sido unas navidades tristes, como pensaron al principio. Y díganme: ¿les ha sonado el móvil para lo que sea mientras leían esto?

Articulo 28122013 cuento de navidad 001rua

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