OTRA NAVIDAD EN MARCA ESPAÑA

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Que esta Navidad va a ser horripilante lo pronosticaba ya la aparición del anuncio de la lotería, plagado de estrellas y, sin embargo, estrellado como los huevos. Parece sacado de una novela de Henry James. Es tétrico. Hace que nos acordemos de nuestro hierático calvo. No sonreía, pero traía ilusiones. Nos creíamos la Navidad. Da la sensación con este que lo ha hecho ex profeso Hacienda para recordarnos que se quedarán con 800.000 euros de cada billete, que servirán para cosas dispares que mejoren el déficit. Qué panorama si hasta nuestra suerte clandestina solo sirve ya para tapar los agujeros del Estado.

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            Con este pistoletazo de salida, es normal que estemos literalmente cagados. Por si fuera poco, hay otras infinitas señales que advierten del peligro de que crucemos la frontera de Nochevieja: políticos que por unanimidad se aseguran una cesta jugosa y tienen que recular ante la presión de la opinión pública y al resto le falta tiempo para aplaudirles el gesto de buena voluntad. Solo les queda prometernos que darán de comer a un sin techo esta Nochebuena delante de las cámaras para que veamos que no es corrupción todo lo que reluce en sus corazones.

            Añádanle la semilla del diablo de tanto indeseado excarcelado e iluminando las avenidas con las guirnaldas del miedo a lo conocido. Y pongan, además, unos granitos de niños en el recreo del colegio pidiendo dimisiones a coro de los presidentes autonómicos, lo que nos demuestra por enésima vez la catadura moral de algunos, que ni aún así salen por la puerta de atrás. La misma que lleva a gerifaltes empresarios a engrosar facturas hasta casi el doble en actos tan significativos como el primer aniversario del atentado más devastador de nuestra historia. Ustedes lloren, se decían los bigotudos. Cuantos más lo hagan, más crudo nos lo llevaremos. (Eso, en mi pueblo, es de sabandijas y carroñeros, no sé en el suyo).

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            Así que, visto el panorama, aquí les dejo mi humilde consejo para estas fiestas: apaguen la tele; olvídense de los adultos; regresen a la infancia y coman peladillas, chocolatinas, chuches. Son baratos y un pasadizo secreto a los más recónditos recuerdos navideños felices. No hagan caso por unos días de lo que diga esa panda de gañanes que nos manipulan a su antojo. Porque si les miran por una sola vez directamente a los ojos, tendrán otra navidad en Marca España y hasta el turrón les sabrá rancio. Y no querrán comer uvas ni surcar los océanos de un nuevo año agotador y marchito. Hagamos caso al maestro Capote que dice que la vida es chunga cuando prescindes de lo que te gusta, pero es más dolorosa cuando no puedes regalarle a los otros lo que les gusta.

            Y para ser felices del todo, absténganse de la tentación de regalar el libro de la Esteban.

Articulo 07122013 001RUA

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