EL PEOR CASTIGO

murcia-630x355copyright: desconocido; recogida de aquí

Pocas veces me he sentido perdido, desamparado. Ni física ni mentalmente. Recuerdo una, en mi primera época de estudiante, de la que no voy a hablar aquí, pues ya hablé lo suficiente en su día en el cuento “Estigma”. Ese día creía que había perdido todas las certezas que en mi universo de los seis años se contenían. Incluso me provocó un sueño que se iría repitiendo con cierta fluencia a lo largo de los años. Dejó de aparecer tras el exorcismo de redactarlo en cuento.

M_IMGEDI20090216_030256.jpg

En la madrugada del jueves, mientras iba acercándome a mi ciudad, esa sensación comenzó a fraguarse de nuevo hasta hacerme vulnerable. Tan vulnerable como en ese día que era un niño de seis años. Estaba desamparado y sin rumbo. Había un punto de partida y un destino final, la llegada a una estación. El dato era insignificante a priori: nadie me estaba esperando en la estación. A una persona de 40 años que regresa a casa, poco o nada ha de importarle eso. Hay suficientes taxis esperando a esas altas horas de la madrugada.

Pero yo siempre he sido un hijo consentido, y excepto en muy contadas ocasiones, mi padre estaba en el andén esperando a que yo me apeara. Era, probablemente, el gesto más nuestro: ese momento en el que regresaba a casa y nos abrazábamos, nos dábamos dos besos y hablábamos un poco. En los últimos años, gracias a las deplorables conexiones de transportes que tiene una ciudad como Badajoz con el resto del mundo, nos habíamos acostumbrado a un horario tan intempestivo. Y a pesar de sus achaques, nunca faltó a su cita de ir a esperarme.

Murcia-20131

Y entonces, llegó el jueves. Ese momento en el que uno se da cuenta de que su padre no va a estar esperando. Que no te abrazará. Que estarás solo allí, con tu maleta y tus libros, sin nadie. Que a partir de ahora, cada vez que te bajes de un autobús o un tren que te haya regresado a casa, él tampoco estará. Que ese momento no volverá: serás para siempre ese niño de seis años desamparado, perdido en la ciudad. Y mientras estás visualizando todo eso, el autobús avanza, le come kilómetros al momento de alcanzar el destino. Aparece el miedo. Un miedo desconocido. El miedo que provoca el desamparo, el no saber qué hacer después.

Y ese miedo, eres consciente, habrá de acompañarte hasta el final de tus días, cada vez que tengas que bajarte de un autobús o un tren que te haya llevado hasta tu ciudad. Entonces el conductor anuncia la llegada inmediata y me apeo. Recojo las maletas y me abrazo a un silencio, a un lago de silencio que ocupa el vacío donde debería de encontrarse mi padre. Y le digo: “de los castigos que hayas podido infligirme, este es el peor de todos”. Comienzo a andar en busca de un taxi, de una ciudad que se ha transformado sin modificarse apenas, que ya no volverá a ser la misma.

el peor castigo articulo 30112013 001

Anuncios

Un comentario en “EL PEOR CASTIGO

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s