DESENCUENTROS

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EL mes que ganamos el mundial estaba en París. Entonces me hice una promesa que mantengo hasta hoy: en una ciudad que no es la mía, no me molesto en ayudar a mis compatriotas, si estos se hallan en una encrucijada y miran un mapa como si fuera un rompecabezas de 4.000 piezas. No merece la pena. Somos incorregibles. Nos agarramos a un clavo ardiendo si nos lo dicta nuestra sabia ignorancia.

Les introduciré en la anécdota que provocó mi desidia. Tropecé con unos sevillanos mirando el plano de París en el Pont Neuf. De espaldas a la Cité, buscaban el sitio exacto de la espectacular Sainte Chapelle. Sabían que estaban cerca, pero no lograban encontrarla. Servidor se apiadó de ellos y salí al rescate, más que nada por la belleza de los ojos de la chica. Les expliqué que el Pont Neuf es el primer puente que comunicó la isla de la Cité con el resto y les sugerí que se dieran la vuelta. Así tenían delante la Cité en todo su esplendor: la encantadora plaza Dauphine, la Conciergerie, Notre-Dame y, por fin, la Sainte Chapelle. Les recordé que había que entrar por el palacio de justicia, pues la iglesia estaba inserta en él, para que los reyes no tuvieran que fatigarse mucho. Por último, les recomendé que compraran la entrada múltiple. Por unos euros más podrían ver donde residió María Antonieta antes de ser guillotinada.

8023531038_631a065525_zcopyright: Ángel Gómez Espada

Hasta ahí todo bien. Escucharon atentamente mis recomendaciones, sin dejar de mirar el plano. Ahora viene cuando la mataron. Me dijeron que parecía que estábamos muy lejos y que preferían acercarse en metro. Según Google hay 500 metros. Les dije

que eso era una locura, puesto que había que cambiar de línea para dos paradas, teniendo en cuenta que el trasbordo era en Châtelet. O lo que es lo mismo, una buena caminata para hacer la correspondencia. La chica miró con esos ojazos que le tocaron en una rifa al tontolaba que portaba el plano y le dijo que le dolían mucho los pies. Metro, por tanto, aunque tuvieran que gastar un par de billetes.

2429456821_362e606635_bcopyright: Ángel Gómez Espada

Total: perdí diez minutos de mi paseo para flipar en colores un buen rato ante la estupidez de algunos. Mi apreciado maestro José María Álvarez hubiera hecho un poema colosal de ello. A mí me valió para hacerme una promesa. Y, sin embargo, en mi última visita he salido en ayuda de otros turistas, que me hablaban en francés. Después de explicarles cómo ir de Invalides hasta Notre Dame siguiendo el curso del río, cogen la primera calle a la derecha y salen pitando, mirando su mapita. Mi dominio de la lengua francesa es deplorable, bien es cierto, pero me ha servido para extender la promesa a todos los continentes.

Moraleja: afortunadamente, tontos hay en todos lados. No tenemos la exclusiva, aunque sé que a alguno no le importaría (para gobernarnos mejor).

DESENCUENTROS

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