LA MULTA

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Una sana medida para paliar nuestra deuda sería la de imponer multas simbólicas cada vez que un político – inclúyanse aquí sucedáneos, súbditos y acólitos – soltara un titular de esos que tiran de espaldas por lo burro; de esos que no se piensan y que sale todo el partido a desmarcarse.

No se trata de una tara recaudatoria. No es cuestión de hacer saña. Un simple escarmiento para que no vuelvan a reproducirse hechos que aún tenemos en mente. Entre 1 y 5 euros, pongamos por ejemplo, insertos en huchas de las que se venden en tiendas regentadas por asiáticos. Así, un titular como el de ayer en un periódico de un famoso amigo del presidente, “Rajoy vence a Rubalbárcenas”, podría condenarse con unos 4,98 euros por su alto contenido difamatorio. Vendrían muy bien ahora que es tiempo de ferias y fiestas.

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Que una amplia representación de todos ellos cada día cree menos en la democracia es manifiesto, porque no se las piensan a la hora de soltar improperios de categoría “saltar los cimientos más básicos de la Constitución”. No creer en algo por lo que se está ejerciendo y cobrando es doloso. Pero avanzar en su derribo por ganarse un titular es de locos. Locuras que no valen dimisiones, por favor, no confundamos los términos.

Hoy en día se lucha por saltar a la palestra a cambio de una bofetada sonora a la democracia. Lo de ser político honesto y tener que aguantar como se habla mucho más de falsos inocentes que de uno mismo escuece. Y se obcecan y se aborregan, soltando vía micrófono vía red social, la primera estupidez digna de premio nobel que se les presenta.

Así sucede con la alcaldesa de una localidad canaria, que ha decidido salir del anonimato con la ocurrencia de soltar la perla de que las bibliotecas no dan dinero y que está pensando seriamente en cerrarlas. Existen demasiados trabajadores que comen gracias al préstamo gratuito de libros, hecho que es un horror se mire como se mire, según los entendidos populares y sus diferentes comités de sabios. Recuérdese que, en la mayoría de documentos cinematográficos, en cuanto entra cierto grupo a regir una zona de manera veladamente autoritaria, se les pega fuego a las bibliotecas, pues los libros son un cáncer que conduce a la población a la protesta.

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A esta señora no se le puede pedir la dimisión, pues es obvio que no ha delinquido. Consideremos, pues, que una multa de 5 euros por haber insinuado que las bibliotecas son un engorro para los presupuestos de un ayuntamiento es más que decente, y nadie saldría zaherido. Así como el sonoro aplauso de todos sus compañeros cuando hiciera el simbólico acto de introducirlos en la huchita, que se lleva mucho y reconforta.

No seré yo quien proponga que la hucha tenga forma porcina. Me parece excesivo y fuera de tono.

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