GRACIAS, PACO, POR LA FATIGA

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En términos generales, no se puede contabilizar lo que el Flamenco le debe a Paco de Lucía. Sobre todo a la proyección universal que tiene el gaditano. Como experto neófito en la materia,  me arriesgaré a decir que sí que le debe bastante al hecho de que haya sido declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, se me enfade quien se me enfade. Pues Paco de Lucía es ya per se Patrimonio de la Humanidad, por mucho que la Unesco no quiera verlo ni proclamarlo. Paco de Lucía se ha convertido en una guitarra y es una pena que no podamos leer esa metamorfosis en las palabras de otro inmortal, Ovidio. Seguro que enredaría sus hexámetros con la misma sutilidad que hace, por ejemplo, con la leyenda de Dafne y su exasperado retorcimiento, con el fin de que el sobón Apolo solo la mancille con su rijoso pensamiento.

Como Patrimonio de la Humanidad se nos presentó el pasado miércoles, sin artificios ni retóricas. Sin juegos pirotécnicos. Con la imagen que tenemos de él: anclado a su guitarra, con su chaleco negro y su camisa blanca. Aguantando estoicamente las condiciones adversas para resultar excelso: la ola de calor y los bichos que acampaban a sus anchas esa noche por Badajoz. A cualquier otro, los mosquitos le hubieran llevado por el camino de la amargura. Al maestro no, porque él es ya guitarra. Le causaban, eso sí, fatiga, tal y como expresó. Demostró que no estaba demasiado contento con ellos a lo largo de las más de dos horas de concierto. En un momento dado pudimos escuchar un espontáneo “¡Quédate con nosotros, Paco!”. Ni corto ni perezoso, el de Algeciras espetó: “¡Cuando se vayan los mosquitos!”. Que es lo que hacen los maestros cuando salen al ruedo: tirar la piedra de manera que parezca que estás dando las gracias.

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Quizás no sea el marco idóneo para este Badasom estival ubicarse al aire libre y tan cerca del río, máxime con la semana que hemos pasado a más de cuarenta grados, con sillas de plástico de terraza de verano a los precios que estaban marcados (que parecían del siglo pasado), pero estoy convencido de que los presentes hubieran acudido a ver al maestro incluso si hubieran tenido que revolcarse por un lodazal. Lo de los precios es de lógica, teniendo en cuenta que es el Patrimonio de la Humanidad el que viene casi a la puerta de tu casa, y no tú quien tiene que desplazarse.

Porque en cuanto Paco de Lucía se transforma en guitarra se olvida uno del calor, de las incomodidades, de los mosquitos, de las penas y de los avatares. Se licua la fatiga y se diluyen los pesares. Que este excelente festival, preñado de buenas ideas, se inicie así nos hace pensar que regresa para quedarse definitivamente. A qué dudarlo: a Badajoz y a Extremadura noticias buenas como esta no le sobrevuelan todos los días.

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