ENVIDIAR LA ROSA

jaynecopyright: Joe Shere

En este país, donde diariamente damos luz a nuestros oscuros objetos de deseo, a nuestros grandilocuentes secretos, donde se airea sin tapujos nuestro horario de poluciones, decir cuánto ganamos es tan bizarro como acabar una dieta sin darle un muerdo a una onza de chocolate. Que otro igual sepa cuál es nuestra nómina nos desarma. Explicarlo nos introduce en un laberinto de zigzagueantes requiebros, capaces de conducirte al cerebro de John Malkovich. Al final, confesamos: cobro bien para los tiempos que corren, aunque haga tanto tiempo que no sepa lo que es un trienio que podría estar cobrando sexenios por el concepto de tal ignorancia.

Este miedo intuyo que nace de la envidia. En este país de envidiosos sociópatas reconocer cobrar menos que el otro es claudicar. Saber que estamos salarialmente por debajo saca lo peor de nosotros. Quien cobra más lo hará inmerecidamente. En nuestro particular rasero de la envidia más chabacana, solo nosotros estaremos minusvalorados. El resto no habrá de quejarse, qué bien se vive cobrando muy por encima de lo que yo he de soñar alguna vez. Por ello te excluyo y te calumnio, bastándome cualquier vaga excusa para atiborrarte a derechazos dialécticos.

LUCAS GARRAcopyright: Lucas Garra

Si nos quedáramos ahí, vale. Aún tendríamos una vía de escapatoria por donde alcanzar la salvación, pero en estos tiempos cada día más se manifiesta públicamente el deseo expreso de rebajar el salario del otro, socialmente tachado de improductivo. Abogando con manifestaciones de cualquier índole por una bajada sustancial como medida de escarmiento. Al igual que en tiempos lejanos, aquél que nos disgusta es delatado y martirizado a la vista de todos.

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Soy envidioso compulsivo, no vayan a pensar lo contrario. No me eximo de ese decrépito defecto en absoluto. Quizá sea mi signo de españolidad más evidente. Envidio, por ejemplo, la precisión en los detalles que exhibe Enrique Falcó, la labor editorial liliputiense del poeta José María Cumbreño, la capacidad lírica en toda la narrativa que toca Manuel Rivas, la emoción que emana de una letra de Vetusta Morla, la composición en blanco y negro de Lucas Garra. Me gustaría tenerlas en mí, despertarme con alguna de esas cualidades. Pero nunca promulgaría decretos o firmaría hojas para que a estos les arrancaran los ojos de sus cuencas, los dedos de las manos, la lengua de su boca porque nunca pueda yo acceder a esos dones suyos.

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Envidia que estimule, entonces. Que me obligue a querer mejorar constantemente para algún día optar a lo que hoy envidio. Y si tenemos envidia de la rosa, como dijo Huidobro en su día, no hemos de cortar su tallo para marchitar su belleza, aunque nos recuerde nuestro paso perecedero. Hagamos que reluzca y cultivémosla. Aspiremos a hacernos merecedora de ella.

ART.HOY ENVIDIA 001

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