MI TERCER ABUELO

Siempre he considerado que tenía tres abuelos. Quizás por ello crea que una de las desgracias más terribles que le pueden ocurrir a un niño es no tener la oportunidad de conocer a sus abuelos. Eso o nacer en África, pero no voy a salirme por la tangente. Afortunadamente para mí, vivían hasta hace nada dos de ellos y eso es algo por lo que estaré eternamente agradecido. Cambiaría todas las loterías del mundo porque nunca me faltaran, pero sería contra natura, pues ley de vida es que los nietos les sobrevivan.

Todo lo bueno que hay o puede haber en mí ha sido fruto de su constancia y de sus enseñanzas, de sus mimos y de sus historias. De sus aciertos, en definitiva. Porque actuaban como abuelos y no como esos todoterrenos que hay ahora, que valen lo mismo para un roto que para un descosido. Sus hijos les endosan a los púberes en casa a las siete de la mañana para recogerlos a las diez de la noche, dejándoles el marrón de la educación, y así luego ellos pueden malcriarlos a base de consolas y videojuegos. Es mejor que una guardería, a qué dudarlo, pero obliga a los abuelos a descartar de raíz su papel fundamental en la educación del niño: el de abuelo.

copyright: Ángel Gómez Espada

Pero hoy quería rendir homenaje al tercero, al que siempre estuvo conmigo, aun sin conocerme; al que tantas caricias me prodigó, aun sin tocarme; al que tanto me enseñó, aun sin nombrarme. Venía puntualmente cada semana a mi casa y entonces se paralizaba mi infancia. Quedaban en la mesa el vaso de leche, o el pan con chocolate, o las castañas asadas. Porque mi garganta y mis pulmones se preparaban para dar el gran salto mortal ante su sempiterna pregunta, que esta semana tanto hemos recordado. Algunos con lágrimas en los ojos. Los que fuimos sus nietos, con lágrimas en la alegría, sabiendo que con su pérdida una parte de nuestra infancia se trasnochaba para siempre en algún rincón impenetrable de nuestra memoria.

Porque Miliki enseñó a toda una generación de nietos que equivocarse era cosa de sabios y arrancar una sonrisa de genios; que cantar nos hacía dichosos; que un tartazo a tiempo era motivo de risa y no de escarnio; que la Navidad traía consigo la Paz. Pero, sobre todo, junto a sus hermanos nos enseñó que lo más importante para un payaso era hacer reír a un niño.

Labor ardua y compleja esta en los tiempos que corren, donde payasos y circos se han deformado por completo. Han desterrado a las alcantarillas la nariz roja y la sorpresa. Ya no se distinguen. Los encontramos en cualquier sitio, improvisadamente: lo mismo en una casa de Guadalix de la Sierra que en la carrera de San Jerónimo; en un cónclave de tertulianos que en la cola del pan.

Lo triste es que estos nuevos nos escupen a la cara lo más sucio de este mundo. Y, claro, así nos luce el pelo.

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