SALTO AL VACÍO

copyright: Red Bull

Cierren los ojos por un instante. Ahora intenten resumir el 11S en un fotograma, ese que concentre mejor el poso que aquel aciago día dejó en sus corazones. ¿Con cuál se quedarían? ¿Cuál para ustedes recrearía aquella tragedia?

Seguramente muchos se habrán ido a la escena de las personas saltando al vacío. Aquellos anónimos que, impulsados por el miedo, se dejaron caer, convencidos de que no les quedaba otra. No seríamos humanos si no se nos pusiera la piel de gallina al imaginarnos los pensamientos atenazados de aquellas personas. Ponernos en su mente y visualizar cómo la muerte les sostenía de los talones por tantos flancos que su opción más saludable como tabla de salvación fue el salto al vacío provoca una desazón difícil de superar. Esta imagen, que tanto tardará en apagarse de nuestras retinas y que tantos réditos dio a aquellos que decidieron cambiar el mundo – siempre están los que sacan tajada -, fue producto de un ataque terrorista sin precedentes. Imagen que hoy se repite cuando sabemos que un anónimo residente de Granada ha optado por el suicidio ante el inminente desahucio que se le venía encima. Su única escapatoria ha sido la ausencia última, el adiós sin compromisos.

Podríamos ponernos en plan verdugo y aseverar aquí que ambas escenas son concomitantes, que naufragan en las mismas ciénagas de la inmundicia humana, que también supone un acto terrorista el abocar a un hombre al suicidio, ahogándole toda posibilidad social por cuestiones económicas. Pero aquellos saltadores de las Torres Gemelas, afortunadamente, nos quedaron demasiado lejanos. Tanto en el tiempo como en el espacio. Hay que hacer demasiadas horas de vuelo para toparnos de bruces con aquella realidad. Y normalmente iríamos con cámara fotográfica.

copyright: AP

Y, sin embargo, aquellos anónimos que rememoramos, si acaso una vez al año, están aproximándose. El orden mundial que comenzó a gestarse aquel día comienza a pasarnos factura. Aquellas muertes silentes están batiendo las puertas de nuestras fronteras. Lentamente, los saltadores al vacío irán incrementándose, abalanzándose desde distancias más altas, desafiando al enmascarado de Red Bull. La parte positiva será que las inmobiliarias podrán reflotar su negocio, con alquileres astronómicos por los áticos para suicidas convictos y confesos. No para que los desahuciados vean mejor las estrellas, sino para que la caída sea más dura y certera.

Ya no son terroristas los que provocan su miedo y desánimo. Son los garantes de la economía mundial, prestamistas que hicieron de la usura la mayor arma de destrucción masiva. Que Dios se apiade de nosotros, porque estos nuevos demonios ni siquiera disfrutan con la sangre derramada de los otros. Para ellos, el terror es una pieza más del atrezzo.

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