DISCURSO DE LA MEMORIA

Hace unos días tropecé por casualidad con mi agenda de 2004, sobria y negra. Estaba arrumbada en una caja de libros y cuadernos. Buscaba un verso y encontré doce meses. No siempre tiene uno la oportunidad de revivir un año, de ahí la extraña felicidad que me invadió. Pues los discursos de la memoria nos hablan de oasis o de desiertos, según convenga. Y son dictatoriales, le ponen falda roja, cuando la llevaba verde, a la chica que nos besó en un banco por vez primera; le ponen esencia de vainilla al mismo beso cuando era de cebolla; juegan a ser Quijote o Sancho al describirlo. Queda el beso, eso sí, su esencia, el enamoramiento que viene después. Huella digital que, en ocasiones, dura una vida.

Había fechas, anécdotas que un día fueron cruciales. Marcadas en rojo, insistentemente rodeadas para no olvidarlas con esta memoria quebradiza y de frágil apnea. Luego pasaron, y ahora, ocho años después, las miras ajeno, totalmente ajeno en muchos casos. Están ahí desafiándote, recordándote que viviste esa vida, que tan de otro te parece ahora. Les pones fecha cierta y ubicación correcta a esos datos, los vuelves a almacenar adecuadamente.

Pero de otros, ningún poso. Te asegura tu agenda visitas al médico, frases de tu abuela que hoy no tienen sentido alguno. Que has leído libros que pasaron fugazmente, poco te impregnaron, como Señales de la nueva poesía argentina o Maigret va a la escuela. Dudas. Menos mal que reconoces tu letra y sabes que a ti mismo casi nunca te mientes, al menos en esos aspectos.

No has olvidado que estuviste cenando en Madrid con tus amigos, pero te hubiera sido imposible hasta ahora ubicarlo en un 10 de enero. No recuerdas el frío invierno en aquel encuentro tan cálido y que no más habrá de repetirse. Que fuiste a la playa un 8 de enero, lo que no es impensable en Murcia, pero de ese momento nada ha permanecido, a pesar de pasear de la mano que aún hoy te sustenta. Que enterraste a la buena de Eulalia un 15 de enero, mujer muy importante en tu infancia y una de las mejores cocineras que hayas conocido. Que el 25 encuentro con Cánovas. ¿Alumno o alumna? No le pones cara. Afortunadamente a primeros de febrero saldó su deuda. Que comenzaste clases con Victoria un 29 de febrero, era domingo y a ésta sí la etiquetas: buena alumna. Al menos escuchaba, hacía preguntas y pagaba religiosamente. Que me quitaron la férula un 18 de marzo, un día antes de la boda de mi primo. Que vi La Bicicleta de Pekín un 23 de marzo,  y un 7 de abril Condenado. De ninguna quedó fotomontaje alguno.

Y así 12 meses, tan condensados. Tantas cosas olvidadas que han regresado, tantas otras que por más que las leas no sabes de ellas. Y cierras la agenda. Fundido en negro.

Luego diremos que una vida no es suficiente.

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