EXTREMADURA Y EL SILENCIO

Pocas cosas hay que molesten más a un extremeño que el silencio. Supera con creces a que le toque la lotería al vecino o que llegue domingo y no haya fútbol. En cuanto el extremeño se reúne en más de dos unidades se dispara un chip en sus sentidos que le lleva a decretarle consejo de guerra al silencio. Da lo mismo el dónde de dicho corpúsculo: en un teatro, en un museo, en una conferencia, en una sala de espera de un hospital, en una visita guiada a un palacio, en un funeral. Da igual: no son tales escenas motivo para crear un ambiente de tensión, por lo que recurrimos a comentarios de lo más inoportunos.

El extremeño tiende a sonarse estruendosamente en mitad de un aria de Violetta Valéry, tiende a dejarse embaucar por cierto impulso ancestral que le lleva a comentar que, se ponga uno donde se ponga, la Gioconda te mira directamente a los ojos. Le sale una vocecita interior desde los más profundos miasmas del córtex que le obliga a tocar cualquier mobiliario que el guía de turno haya resaltado de una habitación. Por ejemplo, si se dice que la talla del lavamanos del dormitorio real es de alabastro, el extremeño tocará dicho lavamanos para cerciorarse y comentará al más puro estilo Sherlock: es cierto, alabastro, como si de un perito del alabastro se tratara.

El silencio para un extremeño es telúrico, es Comala, es soliloquio. Representa a Segismundo en su celda, el papel que envuelve la hamburguesa, el roce de las yemas con el libro al pasar la página, la antesala que conduce a los pensamientos, al monólogo, a discutir con Hyde. Reconocerlo es debilitarse, minusvalorarse. Reside en nosotros cual quiste, y los deseos por extirpárnoslo nos conducen al delirio. Duele sentirlo en cualquier situación, por ficticia que sea. Por eso preferimos La que se Avecina a un documental y, en detrimento del cine europeo o asiático, acudimos en masa al de Hollywood porque sabemos que allí un silencio es demasiado caro como para sacarlo a escena.

La última vez que felizmente me topé con él fue en Vila Viçosa, pueblo acogedor del hermoso Alentejo portugués. En la cafetería de la pousada Dom João IVlo acogimos con los brazos abiertos, después del omnipresente y descontrolado barullo que hay en cualquier local de mi ciudad. Fuimos dichosos escuchando sonidos que creíamos ya perdidos: el té cayendo en la taza, la cucharilla dando vueltas al café, las burbujas del agua con gas expandiéndose. Nada que perturbara esos sonidos peculiares, que nos devuelven una preciosa intimidad.

Afortunadamente para mi estabilidad, que ya estaba pidiendo los papeles de residencia, aparecieron dos matrimonios extremeños con sus hijos y todo regresó a la normalidad, desterrando al inquisidor silencio a las oscuras playas de la laguna Estigia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s