PASARLAS CANUTAS

Vamos a ver si nos entendemos, señor Collarte. Me parece muy bien que haga usted declaraciones del tipo qué mal visto estamos en este país los que hacemos el bien y nos preocupamos por los españoles y bla bla bla. Me parece cojonudo que argumente que su sueldo es normalito tirando a bajo para que nos sintamos fetén. Y que salga pidiendo disculpas no me ofende, como tampoco lo hace que diga que le molesta que la gente le mire mal por las redes y por las aceras, que le señale y le apunte con el dedo y que susurre a sus espaldas y que usted no sepa hacer como Alaska y lo manifieste a riesgo de parecer osado.

Pero discúlpeme que le corrija. Me he informado y no es eso. Por mucho que le sorprenda lo que voy a decirle, pasarlas canutas no es estar ajustado a final de mes con cinco mil euros. Eso, para los que no tenemos millones de euros en el banco – a lo mejor usted sí, mi más sincera enhorabuena – es despilfarrar, en grueso castellano.

Pasarlas canutas es, más bien, ver cómo tienes que claudicar para seguir ejerciendo por lo que te llaman profesional, como los trabajadores de la OEX, que han rebajado su sueldo en más de un 7% para mantenerse a flote. Para no salir peor parada que la del Titanic, a lo que hay que sumarle la juerga de perder la paga extra de navidad. Muchos han aplaudido esta decisión, porque siempre es una noticia alegre que haya Orquesta, pero permítame que sea cauto, señor Collarte, y me muestre de lo más prudente ante tanta bonanza, pues a este recorte pronto se sumarán otros y esta escalera de caracol acabará en un final made in Sófocles.

Pasarlas canutas es, más bien, estar clavado en una silla de ruedas en acto público, representando a tu país, y escuchar cómo uno de los de su categoría te espeta en la cara que está muy orgulloso de ti porque defenderás los colores de su bandera siendo la Roja coja, y no poder escupir y salir corriendo ante semejante atropello moral.

Pasarlas canutas es, más bien, el sufrimiento de una madre que ha visto cómo durante meses se ha prolongado una angustia inmerecida esperando saber dónde están sus hijos y que ahora intuye un final y así tiene que irse todos los días a la cama a meditar sobre la almohada si es que puede, con una certeza enterrada en cal viva.

Y lo de usted tiene nombres mil, señor Collarte, pero no voy a desglosárselos hoy aquí, aunque me quede con las ganas. No hace falta que presente dimisión, no se espera tanto de los de su catadura. Viva diariamente con su torpeza manifiesta y déjenos a los demás seguir remando. No vuelva a interrumpirnos. Haga mutis por el foro. Observe cómo su país le está plenamente agradecido por no hacer que suba el pan cada vez que abre la boca y le pega una coz al diccionario que nos deja a todos anonadados.

 

 

 

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