MUSICA PARA UN APOCALIPSIS

 

Desde hace un tiempo pienso en el Apocalipsis. Por mucho que nos disguste echarle un vistazo a nuestro entorno, el panorama invita a hacerlo. No sólo porque nos gobiernen los bancos o porque me haya puesto con la lectura de La carretera, de Corman McCarthy, de la que se hizo una película que – sin ánimo de quitarles el pan a los críticos de cine – no les recomiendo.

Y no lo pienso como un final terrible, sino como una consecución lógica y natural de nuestra fácil disposición a la estupidez. No hablo de la profecía maya, ni de chorradas varias que hacen que nos regodeemos un poco más en nuestro ridículo. Acuérdense, por ejemplo, del efecto 2000 y de la tragedia que iba a provocar la informática. Pues lo del fin del mundo para diciembre tanto de lo mismo.

Parece inminente, tarde más o menos, pues hace tiempo que unos desearon la Tierra y se pusieron manos a la obra. Y viendo cómo malgastamos el agua para publicidades o documentales y cómo misteriosamente luego no hay suficiente para apagar fuegos; o viendo cómo las grandes multinacionales están comprando por lo que vale una tapa de un yogur volcanes en la Luna y trozos como países del Amazonas y de África ante la pasividad gratificada de los gobernantes. Y que están configurando el mapa social para cuando todo concluya y nos cobren los dueños del mundo peajes por transitar las aceras o por ir a votar a los que ellos nos pongan, para que sigamos celebrando la democracia como mal menor.

Pueden tomarme por loco o tonto del culo, pero me temo que van a cobrarnos por tener mascotas y por pasear. No habrá cines, no habrá teatros, no habrá polideportivos, no habrá lugares en los que solazarse. Comer pipas en un parque será un lujo para mileuristas. Pagarán una tasa que irá oscilando como hoy el carburante y que subirá irremediablemente al llegar el viernes.

Es curioso: en todos los finales que recreo me veo tarareando una pieza musical. Paso de Mahler a Pixies como de Mozart a Vetusta Morla. Pero en todos escucho ese hipotético compacto: Música para un apocalipsis. Y me agrada pensar que todos tendremos en ese momento un pedazo de algo que estará firmemente engarzado a nuestra esencia: una fotografía, un fotograma, un verso, un trineo. Eso me hace seguir creyendo en el Hombre.

Por eso digo que estamos labrando para un Apocalipsis, porque nos están robando con malas artes toda expresión artística, subiendo el IVA, cobrando cánones, quedándose de brazos cruzados si un festival de teatro languidece, un cine echa el cierre o una universidad dice adiós.

Nada les preocupa más que dar trabajo, recuperar la confianza de los votantes. Pero, díganme: qué haremos cuando todo su refrán anticrisis sea un éxito. Dónde acudiremos después para parecer personas y no monolitos.

 

 

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