YA NI LOS PREMIOS

Antes no, antes soñaba con ellos, me agradaba saber que mi trabajo era recompensado, me nutría el ego superlativo que todo presunto artista lleva dentro – en petit comité: he conocido a intelectuales que lo han forjado a prueba de bombas nucleares, dejando el de Sheldon Cooper a la altura del betún.

Pero ahora les he cogido bastante miedo. A los premios, digo. Era genial, descolgar el teléfono y descubrir que te habían dado uno. Pero ahora, quite quite. Es escuchar la palabra y provocarme escalofríos. Paso de largo el periódico si veo publicidad de alguno y catalogo como spam el correo que habla de ellos. Estoy acongojado desde que los chicos de Mariano les han declarado la batalla en pos del futuro nacional y del servicio al país.

Su atónita decisión de esquilmar la calidad en la televisión pública no ha sido una crónica de una muerte anunciada, como muchos desaprensivos se han apresurado a escribir, sino una obra de ingeniería –alemana, huelga decirlo – para que los profesionales se achanten y no vayan buscando aportaciones extras en unos tiempos tan convulsos. Porque, tras el reconocimiento que conllevan, está el cheque, lo que realmente importa a más de uno. De hecho, hay gente que se presenta exclusivamente por el afán recaudatorio y tiene un modelo florentino de soneto para cada una de las Vírgenes de este país, por si las bases.

Los halagos de la Academia de Televisión o de la Asociación de Prensa de Madrid deberían ser un reconocido barómetro para saber que las cosas van por el camino correcto. Pero los nuevos directores de informativos gubernamentales – elegidos a dedo, como Dios manda- han puesto el recorte por delante de la calidad y de las preferencias de los españoles, según encuestas recientes. Y han largado a todos aquellos que hasta hace nada eran los más envidiados y los que mejor nos contaban las cosas, puesto que eran los que más premios recibían.

La tijera es lo que tiene, que no mira curricula ni años de trayectoria. Te cesan y punto, porque tu nómina se pasa de ceros para los tiempos que corren. Da lo mismo como uno trabaje. Lo que importa es lo que estés dispuesto a hacer por la mínima remuneración posible.

Y ya ven, este pensamiento neoliberalista está copando las decisiones incluso de las televisiones públicas, así que ya pueden ir calibrando lo que nos ocurrirá en breve a los curritos de siempre, cuyo premio no era el reconocimiento público de saberse el mejor en algo, sino una paletilla y una botella de cava para pasar las navidades. Y ya ni eso, que nos contentamos con que no nos pongan de patitas en la calle. Con eso, decimos en la cola de la panadería, ya tenemos suficiente recompensa.

Es la oferta y la demanda de esta vorágine. Ya ni los premios te aseguran el trabajo.

 

 

 

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