CINCO CENTIMOS

sin copyright manifiesto / extraída de aquí

Será que me tienen muy malacostumbrado los chicos de la cafetería del hotel Río y los de ese mítico templo del plato de migas madrugador – o trasnochador, según se prefiera – que es El Venero, pero uno ha tomado ya la fea costumbre de pedir ser bien atendido detrás de una barra. Y a ser posible con una sonrisa, como me reciben los Candi, Lolo, Gracia, Maxi, Paco y demás sana compañía, sea la hora que sea, a pesar de ser un impertinente para los horarios por motivos laborales. Mi propina es de cinco céntimos por un café, pero incluso con mis muestras de miseria, al día siguiente vuelven a saludarme cordialmente.

En muchas ocasiones, lo mejor de mi jornada laboral son esos diez minutos del café en el Río o esos veinte de la tostada en el Venero. Para conseguir esto, hay un excelente trabajo detrás de gente que engrandece un oficio que entre unos y otros quieren cargarse, al parecer con el sibilino objetivo de que acabemos siendo unas cabezas cuadradas al más puro estilo Merkel. Por eso tengo claras dos cosas: mil veces volviera a casarme, mil veces sería con la misma persona. Y esas mil veces lo celebraría en Marchivirito.

Ya sé que por Extremadura lo de tratar bien al cliente es algo que no se lleva mucho como deporte nacional. Desconozco cuál es la ecuación que dice que una menor remuneración conlleva una menor amabilidad; por qué una propina de céntimos parece una ofensa; en qué reglamento interno ordenan que si trabajas un festivo y te lo pagan como normal tu índice de buenos días ha de menguar en un 30%. Son cuestiones que deberíamos preguntarle a J.J. Benítez o buscar en los anales de Jiménez del Oso. A mí me sobrepasan, y lo que percibo es que cada día es más difícil sentirse a gusto en un local como para desear repetir.

Se podría decir que sería incluso fraudulenta la manera que tienen algunos de entender qué es el servicio en hostelería. Y los que me llaman – o me llamen a partir de ahora – sibarita también se habrán encontrado con ese camarero al que retrato, que no te da las gracias ni dejándole un rolex de propina.

Siempre estamos quejándonos amargamente de que el sector de la hostelería es uno de los más perjudicados desde que comenzara la crisis. Que las nuevas medidas no le hacen ningún favor para salir adelante. Que el IVA va a crucificarlo, si los turistas extranjeros no lo impiden. Pero este tipo de resoluciones desfavorables no afectan tanto la imagen como la que suele ofrecerse del todo vale, del qué más da, del total para lo que me pagan.

Claros ejemplos de descortesía fulminan todo el trabajo de un gremio que cada día está más castigado y denostado. No respetar al cliente significa no respetar nuestra propia labor. Entonces, ¿por qué pensamos que van a respetarla los demás?

 

 

 

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