EL FIN DE LA CAZA

He tenido el privilegio, dirigir una revista cultural te trae regalos inesperados, de leer la conversación que mantuvieron José Luis Sampedro y José Saramago, dos piedras del pensamiento finisecular, en mayo de 2001. Nos encontramos en los meses pacíficos y previos a la hecatombe del 11S, que cambiaría la forma de entender el mundo; que sirvió a otros para enriquecerse y volvernos más dóciles y manipulables.

Hablaban los sabios ya entonces del falso uso que se hacía de las palabras. De cómo caemos en la trampa de los que las manejan intencionadamente, a fuerza de repetir sin saber realmente lo que estábamos diciendo. De cómo el cerebro humano adapta las palabras a su realidad y las lee según esta, sin pararse a pensar en un significado contrario al de su conocimiento. Así, cuando los alumnos de mi amigo José Óscar López le explican que “a lo sumo” significa que el sujeto de la oración está muy gordo es perfectamente entendible; al igual que cuando mi otro buen amigo José Manuel Gallardo les pide a sus chicos que construyan frases con el americanismo “cacique”, está claro que hablarán de botellones y de rones. Porque esa es su realidad y es tan perfectamente legible como la nuestra. Y en ambos casos el escándalo de los demás solo la distorsionaría, conduciéndonos a la incapacidad de diálogo.

copyright: fundaçao jose saramago

Inciden en que palabras como globalización – hoy machacadas como aceitunas – han calado para que no pensemos en otras mucho más gruesas y odiosas como colonialismo, gracias a los intereses de las multinacionales.

Una década después, a base de collejas y pestorejones, comenzamos a dilucidar que no hemos sido globalizados, sino que seguimos siendo explotados y oprimidos. Nos subyugan con la tecnocracia – como antiguamente lo hacían con recetas marianas, por poner un ejemplo – y nos colocan ciertos botoncitos como el oscuro objeto del deseo: una vida exquisita y opiácea con final feliz. El fin de la caza. El apogeo del sedentarismo. Una nueva raza que no transpira. Para el alma nos propinan antidepresivos y ansiolíticos, por si nos asaltan las dudas. Se mezclan con agua, que es transparente, como las intenciones de quienes nos drogan. Nos regalan las palabras nuevas para odres viejos. Polisemia como arma de destrucción masiva. Sin ellos creemos no saber vivir. Les veneramos como a Jobs. Escribimos su hagiografía. Los vemos como nuevos dioses. Pero lo cierto es que, a lo sumo, son caciques. Que no escatiman en gastos por lucrarse. Que compran tiranos si es necesario. Que se inventan crisis mundiales para regir a los que gobiernan.

El despertar es un pensamiento demasiado indecoroso. Y no tiene, por el momento, una aplicación chula para el iphone lo suficientemente original como para que nos pongamos manos a la obra.

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