EL NUEVO SOL Y SOMBRA

Es impecable el buen gusto que tiene a veces el ser humano por autodestruirse. De lujo el refinamiento con el que a veces nos sorprende. Se pinta solo en tales cuestiones. Hasta se viste de domingo y registra su actuación con la intención de proclamar a los cuatro vientos lo ridículo que es en realidad, lo estúpido de su comportamiento, lo poco que merece haber sobrevivido a seres mucho más perfectos y dotados, pongamos por caso los dinosaurios. Si gastara la mitad de esas energías que utiliza para autodestruirse en buscar soluciones a ciertas crisis que le ahuyentan el ánimo, Grecia sería ahora mismo como una Islandia del 2006.

Pero hay que ver lo que nos gusta complicarnos la existencia. Tanto como entrar a un museo y tocar las telas cuando pensamos que nadie nos ve. La última estupidez digna de Nobel de Física es la de ponerse de botellón en la comodidad del salón de casa, y mostrarle al mundo el exquisito grado de civilización alcanzado bebiéndose de un hidalgo el contenido del botecito de jabón desinfectante que le sobró a tu madre de cuando la pandémica gripe A. Como suena. Ni tras una relectura de Arrabal se nos pasaría a nosotros por la cabeza, pero las nuevas generaciones, ya saben, llegan acelerando.

Y nada de combinarlo con cola, naranja o limón. A palo seco, como los antiguos piratas. Alcohol puro y duro para desinfectar las bacterias. Para estos energúmenos no quiero imaginarme qué significará echarse un sol y sombra: algo así como un chupito de jabón desinfectante para manos y un rebujito de desatascador de cañerías.

Las caras desencajadas de los sujetos que se emborrachan de tal guisa – para que luego me digan que la crisis no agudiza el ingenio de los chavales, un cum laude en química les daba yo a estos saboteadores del sentido común – muestran nítidamente el sabor a matarratas que aquello tiene, por mucho que uno intente aderezarlo con sal y limón, como si de tequila se tratara. O por mucho que algunos atrevidos ya se hayan puesto manos a la obra, comenzando la destilación con un alambique de lo más avanzado. El sofisticado producto resultante es alcohol sin impurezas, que debe de ir muy bien para aguantar hora y media de telediario sin tener que salir a quemar cabinas o contenedores.

Los que, como yo, no son muy de bebidas blancas quedaremos a la espera de que el señor Falcó se decida a probar tal mejunje, ya que es amigo de licores poco dignos de mi consideración y se deleita con el regusto que deja en el gaznate el agua de los floreros. Si el maestro del Loch Lomond le da un aprobado raspado a este nuevo sol y sombra vespertino, no duden que iré de cabeza a probarlo. Destilado o a granel.

Cualquier cosa con tal de no salir a quemar cajeros automáticos después de leer el periódico.

 p.d. Publicado en Hoy Extremadura el 19 de mayo de 2012.

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