EL SEÑOR ALBERTO

En casa siempre lo hemos llamado así. Se lo escuchábamos a mi abuela y así lo aprehendimos: el señor Alberto. Y la señora Rosa, que era su esposa. En la última estancia en casa de mis padres supe que ella había fallecido recientemente. Por diferentes razones que no vienen a colación, aún no he tenido la oportunidad de presentarle mis condolencias al señor Alberto, en momento harto complicado.

No he tenido, por tanto, la oportunidad de hablar en ese viaje con uno de mis amigos más ancestrales. Es una amistad que se forja desde los tiempos de mi infancia, en los largos periodos estivales que residía en casa de mis abuelos. El señor Alberto y la señora Rosa han sido vecinos de mis abuelos de los de toda la vida, desde comienzos de los sesenta. Nuestras conversaciones se ubicaban normalmente a la sombra de una morera o en un portal, donde departíamos de la vida y su esencia: de la filosofía del fútbol y la enajenación que éste provocaba; de la amnistía de los políticos para desgobernar; de mis estudios; de mis novias.

La vida parecía menos complicada si te la explicaba el señor Alberto. Y, sobre todo, era maravillosa todos los jueves a las dos de la tarde, cuando subía puntualmente al cuarto izquierda para recoger el plato de macarrones de la señora Rosa y disfrutar de sus virtudes y su chorizo. Luego, junto a mi abuela fregaba el plato y se lo subía para darle las gracias y ver a su hija, Carmen, que siempre tenía unas palabras amables para conmigo, con su voz hechicera y de sirena.

Quiero decir con esto que es muy tarde para hacer acto de contrición. Que al ponernos a buscar responsables en el estado actual de las cosas y las sociedades que se resquebrajan como antiguos pergaminos, nos olvidamos de pensar un poco en qué hemos hecho mal como individuos. Hechos tan sencillos como bajar al mercado a por un kilo de tomates para tu vecino nos parecen increíbles hoy en día. Y lo peor, inapropiados.

Nos hemos tragado el cuento chino de que dormimos puerta con puerta con nuestro enemigo, ése que arrastra muebles a las tantas de la madrugada, abrasando la presunción de inocencia del territorio de tus sueños; o comparte contigo a través de paredes de papel cebolla cualquier discusión prematrimonial, para que dudes de la fuerza del amor.

Nos hemos olvidado de saborear los macarrones de la señora Rosa o de ver en la sonrisa del señor Alberto un gesto sincero de amistad y ofrecimiento. Y no supone nada sacrificio tan magnánimo como insignificante, cuando diariamente estamos exigiendo a los demás tantos y tan altos.

Preguntémonos si ha merecido la pena dejar de lado todos esos instantes para haber obtenido como rédito los nubarrones que estamos cosechando.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s