EL TARDOMODERNISMO ESTÁ PASADO DE MODA

Siempre que paso el aspirador, es algo inevitable, me viene a la memoria un videoclip. Unas típicas chimeneas de un barrio londinense, un despertador al que se le prende fuego al ejercer su oficio, una mujer con rulos azules, verdes, blancos y rosas que se levanta y se pone sus zapatillas de conejo rosa y nos muestra sus calcetines fucsia con una raya negra. Y ese aspirador que sobresale con un brazo peludo y un inmortal Freddy Mercury tras él, ataviado de una guisa que se queda para la posteridad en la retina de un niño de pueblo de provincias de 11 años, como era yo.

La canción, como habrán reconocido, es I want to break free y es lo más parecido a la modernidad que recuerdo de aquellos convulsos años 80. Y así, tarareando a los Queen enciendo el ritual del ordenador, abro un archivo en blanco y comienzo a hablarles de la modernidad, porque me he pasado los últimos tres días des-actualizado y alejado de los ecos sociales, haciendo cosas de modernos.

Les diré que lo más reciente que vi fue la final del Mundial, por darme el placer de disfrutar de mi paisano Camacho diciendo aquello de ¡Iniesta de mi vida! Nunca había tenido el placer, pues me hallaba en París durante el minuto 116 y los de por allí eran de lo más sosito y no le llegaban en filosofía básica del fútbol ni a la altura de los tobillos al ciezano.

Por las redes sociales sé que hasta los modernos disfrutaron de aquel minuto épico y prorrumpieron en alegrías y vítores que nada tienen que ver con sus poses habituales de estar a la vanguardia de la vanguardia de la vanguardia. Si les preguntáramos mirarían para otro lado y pondrían cara de haber sido insultados, pero nos consta que en su momento también conocieron el delirio y lloraron como niños soñando.

He descubierto que ser moderno no es ponerse el pelo como Justin Bieber, hijo ilegítimo de Napoleón por el tocado cabelludo que se planta. Tampoco es leer a Murakami, a veces insoportable. Los modernos ahora citan a Punset y se hacen fotos con él con una lomográfica, y lo flipan si en su muro cuelgan una foto con cualquiera de las Nancys Rubias, siendo el premio gordo tatuarse en una polaroid con la anoréxica.

Y he descubierto también que estamos viviendo en la era del tardomodernismo. Todo el mundo cita a Bourdieu y marca el fin del marxismo como un antes y un después. Todos deseamos ser tardomodernos, como antes nos dejamos litros de laca en las peluquerías por ser posmodernos y nos colocamos sin escándalos hombreras más anchas que las orejas de Dumbo para ser modernos.

Pero ya éramos todos modernos desde los tiempos de Durero y no vamos a serlo más por meternos en una espiral de competiciones, recreándonos con el piano de Ludovico Einaudi, poniéndonos camisetas de Lady Gaga o descendiendo un valle en tirolina. Parafraseando a Pessoa se podría decir que ser tardomoderno no es una ambición nuestra, sino nuestra manera de no estar solos.

O, mejor aún, como dijo aquel enorme filósofo de la cultura urbana más subterránea murciana. Se llama Floro y es el dueño de una de las tiendas de discos más autóctonas desde la de John Cusack en el film Alta fidelidad, llamada Tráfico. Un día le preguntamos por qué en una sección que él llamaba música moderna tenía cosas tan dispares y pretéritas como Bob Marley and the Wailers o Siouxsie and the Banshees.

Ni corto ni perezoso nos estampó: después de los Rolling y Pink Floyd a mí todo me parece moderno.

Amén.

p.d. Reciclado de una columna en Días de Radio, leída el pasado 18 de Julio de 2011

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