EN EL DÍA DEL LIBRO

Puestos a leer textos fundamentales para la literatura castellana en el día del libro, por una vez se podría haber tirado de literatura actual y haber propuesto la lectura en plaza pública durante las 24 horas del pasado 23 de abril del contenido íntegro de la última reforma laboral aparecida en el BOE y el borrador del decreto ley sobre la reforma sanitaria que con medida urgente aparecería publicado – sin ánimo de lucro – unas horas después de haberle rendido un sentido y ritual homenaje al libro.

Hubiera sido una oportunidad única para darle a los menores la oportunidad de leer el futuro que les estamos preparado, asfaltándolo con alquitrán de 24 quilates. Subidos al púlpito del foro, sin móviles ni tabletas que les saquen del camino, les hubiéramos estampado en la cara esos dos textos capitales para entender el devenir de Europa en este siglo, que está creciendo a base de collejas, como si de un conejo para un arroz se tratara.

Uno de ellos comienza de manera singular, pura ficción de la buena, a lo Rowling, con un preámbulo de sesgado estilo panfletario del barato, del que acojona gratuitamente: “La crisis económica que atraviesa España desde 2008 ha puesto de relieve las debilidades del modelo laboral español. La gravedad de la crisis actual no tiene precedentes”.

Si nuestros gobernantes ratifican en documento oficial que esta crisis no tiene parangón posible es porque saben de antemano que es inabarcable, con cifras y presupuestos en la agenda, y que se prolongará por demasía en el tiempo. De no ser así, no se entiende esta coletilla, que vuelve a aparecer en el BOE del 24 de abril, cuando se habla de las medidas urgentes para “garantizar la sostenibilidad del sistema nacional de salud” (sic) que lo ha llevado a una “situación de grave dificultad económica sin precedentes desde su creación”.

Muchos de esos niños habrían aprendido en un solo día, con los ahorros en educación que eso supondría, que ellos van a seguir las tradiciones griegas, que se convertirán en auténticos personajes literarios, deudores ante los dioses del mercado de los pecados de sus padres, que no escatiman en gastos para debilitar unos derechos sociales que sólo han conducido al despilfarro y a la destrucción de lo que se dio en llamar antaño la clase media.

Quizás con estas dos lecturas les fuera más fácil después comprender el Quijote, ese mamotreto en el que se narra las desventuras de un pobre español que – acompañado de un necio de espíritu – se enfrenta a toda una sociedad que ha dejado de comulgar con sus ideales, pasados de moda, mucho más espirituales que los que marca su actualidad.

Un español que creyó en los best-sellers de la época, como nosotros creemos en la televisión hoy, y que acabó enloqueciendo.

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