ALIMENTEMOS A LA BESTIA

En 1999, Marina, una encantadora británica de origen búlgaro a la que tuve el privilegio de dar clases de español, me preguntaba en un patio interior del Albaycín por qué escribía. Ante unos ojos como los suyos y un escote tan rigurosamente cierto como turgente, uno no puede ponerse pedante y siente la obligación de sincerarse. Le di una respuesta a la que, con posterioridad, he recurrido muchas veces. Lo hago para ser mejor persona, le dije. En un papel trasvaso lo que me desagrada, los miedos y los odios, los rencores y las rencillas, todo aquello que me gustaría borrar de un plumazo.

Hoy me ha venido por azar aquella escena de vuelta viendo una serie cualquiera, en la que un licántropo tocaba en la paz de su casa un violonchelo para contener sus malos instintos y no tener que salir a cazar humanos. Apaciguaba así la bestia que lleva dentro. Y gracias a ese ficticio licántropo he comprobado hasta qué punto mi respuesta a Marina, que creí sumamente elocuente y original, era mundana. Pues todos, en un momento dado, hemos de recurrir a las artes para domesticar la bestia parda que portamos en lo más profundo de nosotros.

Es una condición natural del ser humano extraer de la mina de nuestros sentimientos el carbón a través de las artes. De no existir éstas, nos hubiéramos visto privados de joyas de incalculable valor como la Pastoral de Beethoven o los frescos de la Capilla Sixtina y probablemente no hubiéramos sobrevivido tanto tiempo.

Mucho tiene que ver nuestra renuncia voluntaria a ellas con la pobre educación generalizada de las últimas generaciones. Si no has contenido el llanto al menos una vez ante una obra pictórica, una pieza musical o un poema, tu corazón conocerá la cólera y tu forma de actuar para con los demás se irá precipitando paulatinamente a las frías aguas de una ciénaga.

Esto suena a perogrullada, lo sé. No lo es tanto cuando miramos a nuestro alrededor y sentimos ese desdén actual ante las artes y cómo se jactan los falsos iconos de la sociedad en el desprecio a ellas. Parémonos a recapacitar qué incertidumbres albergarán nuestros ánimos si le plantamos delante, por ejemplo, una de nuestras piezas musicales favoritas. De un borrón desaparecerán todas las triquiñuelas que antes nos azoraban y veremos la vida de otra manera.

Bien, pues esta perogrullada es ajena a los que nos gobiernan y nos detentan, obcecados en borrar de nuestros presupuestos todo lo que es educación, investigación o cultura. Aquello que hasta los licántropos reconocen, nuestros gobernantes obvian, obnubilados por ser los mejores pagafantas de la Merkel. Eso de ser mejores personas, por lo visto, no es viable en época de crisis.

No sólo nos usurpan un futuro: nos obligan a ser peores. Y se jactan de ello.

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