LA GALERÍA DE LADRILLO ROJO

Hay dulces locuras que hacen la vida más apacible, te arrancan una sonrisa en el día más ceniciento que imaginar se pudiera. Locuras de las que hablaba Silvio Rodríguez, que convierten un lunes anodino, de fin de mes y de febrero bisiesto, en una esperanza que embarga. Como los hados pusieron en mi camino un atardecer tranquilo y una mano guía, me encaminé hacia la pacense calle de Santa Lucía, algo olvidada hoy y mil veces transitada para acceder a los aledaños de la Soledad.

Allí, en el número 6, entrando por una puerta restaurada, encontramos la Galería de Ladrillo Rojo, prácticamente con el cartel de “recién pintado” aún encolado en sus muros. Donde nos acercamos gracias al estímulo que da pensar que uno se encontrará con el trabajo de un artista tan colosal como impredecible, Joel-Peter Witkin. Para que se hagan una idea: él propio autor reconoce que siendo infante el accidente de una niña decapitada le marcó para los restos. Poder admirar sus escenas surrealistas y grotescas en una ciudad pequeña es un lujo, comparable al que sentía cuando por el Albaycín, en los meses que residí en tan prodigioso barrio, me topaba bajando sus cuestas con el maestro Morente, siempre sonriente y cediendo el paso.

De entrada se lo confirmo: en plena recesión, en pleno trámite del déficit y de oscurantismo en cuanto a los próximos presupuestos, que alguien pague por traer fotografías de uno de los norteamericanos más desconcertantes de las últimas décadas es una locura de índole superior. Vamos, que a los que han abierto esta Galería no les hace falta irse con el intrépido Calleja a hacer ningún desafío. Ellos ya salen con él de casa. Y esto es digno de aplauso y reconocimiento.

Witkin era el reclamo que habían orquestado para que los curiosos nos acercáramos a la exposición “Arte y Vida”. Pero no sólo ocultaban este tesoro. Descubrimos a artistas que ya han comenzado a formar parte de nuestra memoria, como la serie “Ecce Homo” de Antonio Salazar, que nos recuerda la vulnerabilidad del hombre y su fragilidad ante el deseo y la incertidumbre. Como las mujeres de Miguel Oriola, tan reales e inteligentes que han sido desmitificadas por la publicidad, capaces de dominar el mundo con una sola mirada. Como el onírico microcosmos de Jonás García, que nos transporta a nuestros particulares paraísos artificiales, ésos que, por un camino u otro, nos conducen hasta la felicidad de la infancia. Como los personajes de Pablo García, a cada hora más actuales y comunes, quienes en su rostro portan una historia real y alejada de los focos. Una historia que nos ayudaría a todos a entendernos mejor como personas, con todo el dolor de cabeza que eso conlleva.

Acérquense si pueden a la galería. El alma necesita de esos nutrientes.

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