CIENTO VOLANDO

En la migración del AVE, cada vez más certera y descorazonadora, de tierras extremeñas, tienen culpa todos y cada uno de sus habitantes y residentes. Los políticos por concebir un proyecto mirando sólo hacia la ranura de las urnas, asimilando que cada nueva viga de vía estrecha supondría decenas de votos y soñando con mayorías absolutas que revitalizaran como una crema antiedad las arcas de sus ayuntamientos. La gente de a pie porque se le hacía la boca agua velando el momento oportuno de soltarle a su vecina: “Acha, Lupe, que me líao la manta a la cabeza y me he cogío el AVE pa’ ir a Serrano a comprarle el vestido de comunión a la niña. Un día es un día”; o el grupo de amigos con lo de “¿nos vamos al VIPS de Méndez Álvaro?”

Semejó una tramoya de un decorado de Bienvenido Mr. Marshall: la gente se asomaba y hacía corrillos para ver el estado de las obras y hablaba de progreso, de que ya iba siendo hora de poner Madrid en su justo sitio, de puestos de trabajo, de colosales  centros comerciales que iban a ser faro y guía y envidia hasta de la Barberá, ríase usted de su circuito.

Con cada nueva estación del año aparecían paradas rocambolescas e infinitas. El presupuesto iba in crescendo como una sinfonía de Dvorak por el capricho de tal o cual alcalde, indiferente aquí el color de sus tendencias, igualitaria su codicia compensatoria. Si nuestros vecinos, alucinados, protestaban ante tamaño despropósito, se los desdeñaba con un ademán típico de hermano mayor. Pobrecinos estos zagales, qué sabrán ellos del progreso. La idea fundamental de la alta velocidad – acortar la distancia-tiempo entre las capitales peninsulares – importaba un pepino cuando estaba en juego ser ciudadanos de 1ª. ¿Qué había que pagar 180 pavos por serlo? ¡Se pagaban! ¿Qué había que ir a la capital una vez por quincena para rentabilizarlo? ¡Se iba y punto!

A ninguno se le ocurrió la sencilla fórmula de aprovechar los más de 200 kms. ya existentes, vía Ciudad Real. O sí, pero no interesaba. Era preferible ilusionar con un tren turístico, que si no se hizo pasar por Monfragüe fue porque los buitres no se pusieron de acuerdo. Y cuando los de al lado se desvincularon no nos cortamos ni un pelo. Que llegue como sea. Mejor para nosotros, a más tocamos.

A ninguna cabeza sana se le ocurre la idea de coger un coche hasta Madrid desde Badajoz pasando por Plasencia. Si lo hace un autobús lo ponemos a caer de un burro. En un tren de alta velocidad se exigía este dispendio, pues todo extremeño había adquirido el derecho vitalicio de que el cacharro de marras pasara por la puerta de su casa.

Pero en todo cuento de la lechera el archienemigo se llama sentido común. Y en éste no iba a ser menos.

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