MICHAEL KNIGHT Y LA VIOLENCIA DE GÉNERO

Apoyado en la barra de un local vacío, me dejo engatusar por el contenido de la televisión imitando al camarero. En un programa de hora punta, Michael Knight está promocionando su incursión en nuestro cine con un goteo insufrible del español por el que muchos invadirían Perejil, pero que aquí se vitorea como si fuera un recital de Lope de Vega. Por lo que entiendo, resulta que ahora el señor Knight va de cómico y masculla el castellano, qué cosas.
En un momento dado, el conductor del programa le pregunta por otra serie que protagonizó, donde bañadores rojos aparecían en los créditos bamboleándose como pocos se hubieran imaginado que un bañador pudiera contonearse. Espléndidas criaturas con más plástico que mil tarjetas de crédito salvaban vidas y lloraban, henchidas de amor, sin que se les corriera el rimel en ninguna de las situaciones. La perfección era tan de silicona en las playas de Santa Mónica que más de uno arriesgaba su vida para ser rescatado entre semejantes turgencias.
Se le pregunta cómo llevaba lo de estar rodeado de tantas y tan grandes “tetas”. No se cortan los guionistas: es un programa humorístico y no hay nada más chistoso por acá que hablarle de tetas y culos a una cámara. Risas enlatadas garantizadas, a no ser que algún ministro del decoro se nos ponga tontorrón, que no suele ser el caso. El señor Knight no entiende muy bien la expresión, se apoya el reloj en el oído para que KITT traduzca y no sabe contener una sonrisa aviesa al rememorar aquellos días. Luego llegan los gestos degradantes, porque KITT ha hecho su trabajo impecablemente.
Apenas falta una hora para que se inicie el día internacional de la lucha contra la violencia de género cuando salgo del bar. Hace una noche espléndida para perderse entre los vetustos callejones toledanos. Paso una vez más por la plaza del Ayuntamiento. Allí los turistas no fotografían uno de sus edificios emblemáticos, precisamente el que da nombre a la plaza. A pesar de ser un proyecto del ilustre Juan de Herrera, están más preocupados por captar el mejor ángulo de la torre de la catedral, se afanan por tomar una perspectiva demoledora de la Calle del Arco de Palacio.
Intuyo que será por culpa de ese gigantesco lazo blanco que afea su fachada, expuesto como  mensaje contra la violencia de género y en memoria de las víctimas que se han ido acumulando en las esquinas. Víctimas que probablemente no le verán ninguna gracia a las reflexiones imberbes del señor Knight, cómico emergente. Víctimas que pasaron de ser una teta, un culo – un objeto, para entendernos -, a formar parte de una estadística que KITT va actualizando de manera periódica.
Cuyo testimonio apagamos, preocupados más por las curvas de un bikini o la luminosidad de un campanario.

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