LAS PASTILLAS DEL DOCTOR COHEN

Sentado en un banco de Sinforiano Madroñero, aplaudo cómo se van sucediendo en una amable letanía los shorts de las muchachas otoñales. Al tiempo, hojas secas reptan en silencio, acompasándose con el sol, sin llamar la atención, pues nada de lo que porta este otoño atrae la atención. Así lo recuerda la puerta desierta de la farmacia que tengo enfrente, cuando a estas alturas tendría que estar rodeada de dolientes demandantes de jarabes, aspirinas y antihistamínicos.
Las universitarias torean la pereza otoñal con una media verónica de las que tanto agradaban al mayor de los Machado, juegan con las luces inusuales que el sol proyecta en sus tejidos, conformando cartografías del deseo, también inusitadas para estas fechas, más acostumbradas a guantes y bufandas, al recogimiento que el frío instala en nuestras almas.
Es extraña, anómala y raramente hermosa esta desazón de las temperaturas. Parece que las Estaciones han decidido erigirse en las primeras sumisas con respecto a las contraindicaciones de la Patronal y han abogado por un recorte en gastos de Sanidad: los pañuelos aún no actúan como pararrayos del constipado, prevalecen como paraguas del sudor.
Pero estoy delante de la farmacia, decía, esperando mi oportunidad para acercarme a la dependienta y reclamarle unas pastillas del doctor Cohen para el reuma, ese reuma lóbrego que proporciona el desánimo. Preciso esas vitaminas para el alma, puesto que me han arrebatado de un manotazo la sana costumbre de cruzar el puente José Saramago para reparar mi estado de ánimo con un arroz de pato en Varchotel, un bacalhau assado en A Bolota, por no hablar de las reparaciones que conllevan las suculentas patas de una zapateira del mítico Cristo, de quien canta mil alabanzas hasta el poeta cacereño José María Cumbreño.
Nos han vetado cruzar de nuevo los puentes, esos mismos puentes que aparecen en los billetes de euro y que eran todo un símbolo de lo mucho que iba a unirnos la moneda y que, finalmente, ha resultado cancerígena por capricho expreso de la competencia, los valedores del dólar.
Duele este otoño de ausencias más que nunca, otoño de hojas secas reptiles y de muchachas fortuitas; otoño de medidas de choque que afectan unilateralmente y desmoronan los caprichos del alma. Afortunadamente, me digo, nos quedan las pastillas del doctor Cohen, ese anciano canadiense con sombrero, capaces de administrarnos el suficiente reparo como para olvidarnos del arroz de marisco lisboeta al 23% de IVA.
No llega el frío, es cierto, aunque pretendan congelarnos al vacío. Aún así, va a ser un otoño excesivamente duro, con las puñaladas traperas que nos están soltando en lo más profundo del invierno del alma. Primero fue en el bolsillo, dinamitando nuestro futuro. Ahora marchan sus acorazados y su caballería contra nuestras ilusiones, atacando primero al estómago, puerta de paraísos.
Y me he propuesto decirle a la farmacéutica, que ya saluda sonriente: Va a ser un invierno durísimo. No vamos a necesitar ni brasas para calentarnos las manos. Más que en vahos de eucalipto y vicks vaporub habrá que sumirse en baños de Famous Blue Raincoat, Suzanne, Everybody Knows o Take this Waltz, que nos suturen los engaños y nos extirpen los puntos negros. A ver si con este cóctel de pastillas contra el desasosiego somos capaces de adentrarnos sin peligros en el invierno y amanecernos en una nueva primavera, en la que nada de lo que ha augurado una panda de cínicos palurdos se haya hecho realidad.

La farmacéutica me observa boquiabierta e, impaciente, reclama con la mirada que otro cliente acuda al rescate.

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