TDT: HISTORIA DE UNA VENGANZA

Hay pocas venganzas más impúdicas que aquéllas que se perpetran colectivamente, cuando varias mentes maquinadoras e insanas urden un entramado de iniquidades para satisfacer sus últimos mandobles. Díganselo si no a Julio César o Samuel Ratchett, el excéntrico millonario protagonista de Asesinato en el Orient Express, que vivieron en primera persona la ira de los suyos: no dudaron en acertarles en el bazo en cuanto tuvieron oportunidad.

Y ahí justo, en mitad del bazo, es donde nos han dado en los últimos meses con el armatoste de la TDT. Nos han camelado con intenciones aviesas con ese artilugio del diablo. Sin oportunidad para elegir, nos obligaron, a través de un apagón de los que aturden y atontan, a que acudiéramos en masa a por una cajita que nos introducía de un plumazo en pleno siglo XXI. Íbamos a ser los número uno en cuanto a digitalización. La televisión del futuro venía por los raíles de la alta velocidad y nadie se paró a pensar si iba a recoger pasajeros en nuestra estación o iba a pasar de largo. Qué más daba, si íbamos a tener un trasto más decorando el salón de casa, con el horror al vacío de lo doméstico que tenemos los españoles. Total, por unos 20 euros quién no se apunta al carro del futuro.

No aprendimos nada de los tiempos del teletexto. Ninguno fue capaz de otear la llegada del enemigo, el urdido plan, premeditadísimo, el canto de sirenas. No supimos deshacernos a tiempo del embrujo de las sibilas. Las cadenas televisivas habían lanzado su caramelo, centrándolo en inmensa tela de araña, acudimos en masa a libar su néctar. Nos imaginábamos viendo el futuro con los pies en lo alto y nos seducía la idea de ver películas de última hornada y toda la liga en directo con efectos que harían llorar de envidia al mismísimo James Cameron.

Pero la TDT no fue ideada para eso, qué va. Existía un precepto subterráneo de las cadenas: teníamos que saldar todas nuestras antiguas deudas con ellas, ya que habían perdido millones por culpa de los desagradecidos telespectadores, que no saben apreciar productos de calidad como ¡A ver si llego! y Ellas y el sexo débil.

Uno no engaña a los poderosos y sale indemne. Como escorpiones, se revuelven contra ti y terminan asestándote el picotazo definitivo. Te plantan tropecientos canales al alcance de un mando y te invitan a enjaularte en un castigo divino de los de mitología y leyenda. ¿Qué no has querido darle pábulo a su concurso de moda o a su serie de más prestigio de la temporada y el share ha hecho que caiga a las primeras de cambio? ¡Sin problemas! Te lo reponen en dos o tres canales adyacentes de la misma empresa y santas pascuas. ¿Qué pensabas que te habías librado de series “míticas” de los 80 y los 90, repetidas hasta la extenuación del producto? ¡Tururú! No hay día que uno no se dé de bruces con Verano Azul, Friends, Los Ladrones van a la Oficina, Sexo en Nueva York o Manos a la obra y termine pagándolo con el mando.

Es tanta la impunidad de esta venganza que se regocijan en ella, y así en un canal de dibujos animados te publicitan a bombo y platillo la pronta llegada de Los Pitufos, como si hubiera llegado la primavera a Almacenes Salamanca. Y no te quejes porque se ponen chulitos y te lo codifican para que tus hijos te estén dando la tabarra durante días, hasta que pagues.

Nos dieron en todo lo alto. Es que provoca pánico darse un paseo por las cadenas amigas: te redoblan la basura hasta el paroxismo. A este paso, vamos a terminar con sarpullidos en las retinas. Para mí que de aquí a unos meses van a salir fobias nuevas, irreparables, catódicas, promovidas por estos vengadores, que dejan en principiantes armados con bolardos de ganchillo a los de la Marvel.

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2 comentarios en “TDT: HISTORIA DE UNA VENGANZA

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